Este artículo lo he escrito con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Plaza.
lunes, 11 de noviembre de 2019
La aguadora de Bañuls
Este artículo lo he escrito con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Plaza.
domingo, 3 de marzo de 2019
Almendros en flor por el valle de Guadalest
Este artículo ha sido publicado con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Press
lunes, 3 de diciembre de 2018
El populoso Barrio de Benalúa
domingo, 29 de abril de 2018
Años y leguas
Gabriel Miró, de regreso a Alicante por un problema de salud y sobre todo llamado por el rumor del mar, el clamor de las gaviotas, el corretear y jugar con sus amigos de aquí, dejó atrás cierta timidez y la inocencia de la infancia.
Gabriel Miró se refugiaba en sus escritos. Nunca el papel quedaba en blanco. Nunca la imaginación le dejó sin ideas. Era ponerse a escribir y el papel se llenaba de palabras que contaban muchas cosas. A veces pequeños detalles. Otras veces grandes motivos. Muchas, escenas de la vida cotidiana que le pasaban por delante o imaginaba que pasaban.
Se codeo con otros artistas alicantinos de otras disciplinas. Emilio Varela, cargado siempre con sus pinturas, cuartillas o lienzos en blanco que colorear con su arte. Oscar Esplá con sus partituras, tarareando sus nuevas composiciones. Germán Bernacer con sus teorías económicas, propuestas por doquier que abrumaban a todos.
Muchas primaveras, cuando el sol ya empezaba a apretar - Esplá, Varela, Bernacer y Miró - buscaban lugares frescos donde conversar durante sus tertulias. Muchas largas y profundas. Otras divertidas y lisonjeras. En una de esas, les hablaron de un pueblo y de un valle por donde corre un riachuelo que todos comparten nombre: Guadalest.
Y allí fueron un día, cada uno imaginando lo que podrían encontrarse. Ese valle les enamoró, cada uno a su manera. Y lo plasmaron en sus obras. Este descubrimiento lo convirtieron sin saberlo en parte de la aventura de su vida y en la de muchos otros que siguieron sus pasos.
Uno de sus discípulos de tertulia, mis abuelos. Después lo fueron de ellos mis padres quienes nos inculcaron a sus hijos el amor por este valle. Y así fue como hemos recorrido sus caminos y sus sendas, sus collados y sus veredas, sus montes y sus picos, los pueblecitos, las fuentes de sus manantiales, su embalse y, por supuesto, sus fogones. Hay que alimentar al alma, pero también al cuerpo.
Hace unas semanas, un lunes de Pascua, mi madre nos invitó a recorrer este valle. Y allí fuimos. No a lomos de burro o sentados en tartana como antaño sino en un vehículo a motor. Aún quedaban árboles, almendros y cerezos, que no dejaban mudar la flor de sus ramas. Y recorrimos sus caminos hoy asfaltados y los nuestros de la memoria llenos de recuerdos.
Polop, Guadalest, Benimantell, Beniardá, el embalse del mismo nombre que el valle, ... Y comimos en el restaurante Tresteñador uno de los mejores arroces al horno de la provincia. El premio a un gran día en familia.
martes, 11 de mayo de 2010
Emilio Varela y el triunfo del color
Su timidez – ó quizá gracias a esta – no impidió que el pintor alicantino Emilio Valera inundara sus lienzos con los colores de las montañas, del mar, de calles estrechas, de campos floridos, de árboles frondosos. Le gustaba cargar con su caballete, sus pinceles, su paleta. Por caminos solitarios, por prolongadas veredas, por escarpados senderos. Junto a campos de olivos, de almendros en flor, de algarrobos. Cerca de caserones de labranza, de balsas de aguas dormidas, por la huerta alicantina. Entre callejuelas del casco antiguo de Alicante, del puerto, del Paseo de la Explanada. Bajo el castillo Santa Bárbara y su monte Benacantil. En los pueblecitos del valle de Guadalest, en el palmeral de Elche, en los pueblos costeros de Javea y Calpe. En tantos otros rincones donde Varela captaba con maestría el instante, el color, la luz.
No le gustaba pintar sus cuadros si se sentía observado por extraños, por curiosos. Por esto, buscaba estar sólo, entre bancales, acompañado a veces de amigos y personas del lugar de su confianza que le podían informar de parajes, de sendas, de costumbres. Por esto, cuando pintó calles y plazas, paseos y edificios, el puerto, lo hizo desde altos puntos de observación: la terraza del Ateneo, la torre del reloj del Ayuntamiento, el estudio de Andreu Buforn situado en el Barrio Antiguo, …
El ser tímido que llevaba dentro no le impidió rodearse de buenos amigos. Los hermanos Botella durante su infancia, con quienes jugaba a hacer teatro en el desván de su casa, pintando Varela los escenarios. Más tarde, le gustaba la privacidad de las tertulias, como la que tuvo en la trastienda de “La Decoradora”, en la calle Altamira, donde además de comprar lienzos y pinturas de la marca Cambridge y de participar en exposiciones, conversaba de arte con su propietario José Mingot Cremades y con su empleado Pepe Iñesta, ó como la que tenía en el taller del escayolista Ramón Ripoll en la calle San Francisco, a la que acudían, entre otros, el fotógrafo Ángel Custodio, quien un día llevó un número de la revista “La esfera” en cuyas páginas centrales había una gran fotografía de almendros en flor en Guadalest. A todos les despertó la curiosidad por tan bello paisaje y las ganas de visitar este pueblecito de la montaña, con su castillo escavado en la roca. La primera noche que pasó Varela cerca de Guadalest fue en la Fonda de Visenteta, en la calle Mayor de Benimantell, visitando este pueblecito y todos los del valle, además de su entorno.
panorámica del valle de Guadalest
pplaza del pueblo ( Benimantell )
A Emilio Varela estos paisajes le causaron una extraordinaria impresión. Los visitaría en numerosas ocasiones y los pintó en multitud de lienzos. Con diversos tonos de luz y de color según el momento en que era pintado el cuadro. En sus caminatas, en sus excursiones campestres, le acompañaron buenos amigos de su ciudad natal como el compositor Oscar Esplá, el escritor Gabriel Miró, el economista Germán Bernacer, … Todos ellos compartían una sensibilidad especial por este paisaje que les unía, para contemplar los campos de secano escalonados en terrazas, las rojizas tierras labradas de las faldas de las montañas, los chopos cerca de los riachuelos, las pinceladas blancas, marfil y rosáceas de los almendros en flor en primavera, los verdes pinares, el rumor del agua de las fuentes de la sierra de Aitana, los pequeños rebaños de cabras que subían y bajaban por las laderas, … En esta tranquilidad, con este sosiego, se inspiraban sus conciencias, se alteraba su imaginación. Se aceleraban sus ansias de pintar, en el caso de Varela, de llenar el lienzo de colores donde la naturaleza era protagonista con sus diferentes tonalidades.
Varela no sólo es conocido por los bellos paisajes de estos terruños, de los campos de la Condomina, de los pueblos de la costa, sino también por sus bodegones y sus retratos. Cuando necesitó de la figura humana para plasmar sus sensaciones en un cuadro, su timidez le hizo recurrir muchas veces a sí mismo, por eso se conocen más de un centenar de autorretratos desde su época de adolescente hasta poco antes de su fallecimiento.
Emilio Varela con cuarenta años
autorretrato de Emilio Varela en su adolescencia
autorretrato de Emilio Varela en 1951
En la obra de Emilio Varela descubrimos su facilidad para captar los tonos, el detalle de los colores, el instante de la naturaleza. En su fase aprendizaje, uno de sus maestros, el famoso pintor Joaquín Sorolla, ya le dijo al padre de Varela, cuando este le preguntó en el Hotel Samper de Alicante en el verano de 1905 si su discípulo progresaba en su Estudio de Madrid, que “demasiado”, que le “estaba robando el color”. Y esta facilidad de captar los colores de la naturaleza, de la ciudad, del mar, y plasmarlos con sencillez en sus cuadros, es su seña de identidad. Como lo es también que en sus paisajes y bodegones gustaba de realizarlos en una sola sesión. Disfrutaba tanto cuando pintaba que no dejaba de hacerlo hasta terminar el cuadro. La paleta en una mano, los pinceles en la otra. Estos los cogía muy cerca de las cerdas. Incluso sus dedos llenos de pintura llegaron a acariciar muchas veces el lienzo, recorriéndolo con tonalidades diferentes. Tal era su pasión, su deseo, su excitación, sus ganas de plasmar lo que corría por su mente, que llenaba el lienzo con emoción, sin descanso, hasta terminar la obra.
Muchas de estas, algunas de colecciones particulares, podemos disfrutarlas en la Exposición que el Ayuntamiento de Alicante expone en la Sala de Exposiciones de la Lonja de Pescado hasta el 15 de mayo de 2010. Un verdadero homenaje a uno de los mejores pintores del siglo XX. Con esta importante exposición ha nacido un clamor popular entre la ciudadanía alicantina para reivindicar a Emilio Varela y su pintura. Una iniciativa ciudadana que está despertando voluntades para solicitar al Ayuntamiento un museo permanente de Emilio Varela. Protagonistas de esta iniciativa son Roche Cárcer, Rosa Monzón y Eduardo Lastres. Aunque no es una reivindicación nueva. En su libro “ Valera y su entorno. Notas para una biografía”, editado en 1979, José Bauzá manifestaba que “cuando su perfil de pintor no ha hecho más que agigantarse, …, nosotros continuamos negándole la atención y el respeto que su obra y el recuerdo de su persona merecen. No hemos habilitado un museo que custodie y conserve sus cuadros. No hemos escrito todavía su biografía definitiva, ni elaborado el catálogo completo de su obra. ¿Se nos ha ocurrido dedicarle un documental cinematográfico, un corto, que evoque su personalidad, su paso por la vida, y que nos permita, por lo menos, …, proyectar cada vez que lo deseemos una antología de sus telas y cartones?”. Hoy esta pregunta y esta petición y este deseo y esta inquietud, siguen abiertas. ¿Hasta cuándo?.
Obras consultadas:
“Varela y su entorno. Notas para una biografía”, de José Bauzá
“Emilio Varela, 1887-1951”. Catálogo de la Exposición “Centenario de Emilio Varela”, que en Noviembre-Diciembre de 1987, realizó la Caja de Ahorros de Alicante y Murcia.
miércoles, 10 de marzo de 2010
En esta Orihuela … Casa Encarni
Orihuela. Casas sobre el río Segura
En esta Orihuela de sotana, obispado (compartido con Alicante) y seminario. En esta Orihuela Monumental donde el Barroco y el Gótico dejaron su huella en fachadas, cúpulas y ventanas. En esta Orihuela de la que sus vecinos manifiestan que hay más iglesias y conventos que en la ciudad eterna de Roma. En esta Orihuela con sus serias Cofradías y sus artísticas tallas procesionales de Semana Santa. En esta Orihuela festiva por donde desfilan majestuosos trajes en su fiesta de Moros y Cristianos. En esta Orihuela bañada por el río Segura, cuando baña. En esta Orihuela huertana, rodeada, aún, de campos de cultivo y de rebaños. En esta Orihuela que acoge, que ilumina, que acompaña y que despertó la imaginación de un niño, el escritor alicantino Gabriel Miró, que dio protagonismo a estas tierras en sus novelas. En esta Orihuela Hernandiana que celebra este año el Centenario del nacimiento de su querido poeta Miguel Hernández.
ventana de la Catedral
el río Segura a su paso por Orihuela
En esta Orihuela hospitalaria siempre hay ratos para la tertulia y la buena mesa. El olor del contenido de las ollas es el mejor consuelo para el cansancio del trabajador después de una provechosa mañana. Y es mi amigo Enrique Martín quien me ha recomendado comer en Casa Encarni. Aún sin señas, los lugareños me indican el buen camino. En una calle estrecha, cerca del Ayuntamiento, de la Iglesia de Santiago, del Palacio Rubalcaba, frente a un colegio público. Encarni me recibe en la puerta, como si me estuviese esperando. Bajita, regordeta, con mirada simpática y un acento con una entonación particular, quizá de la cercana región de Murcia. Estoy en la calle F. Díe, en el Bar Hermanos Manolé, aunque la fama le viene por Encarni, por su atención, por su gracia por su cocina.
Entre risas me dice Encarni que “yo ya casi no cocino. Es mi cuñada quien lo hace, aunque yo pongo el punto. Sin él, no está bueno. Lo mío son los postres”. Me dejo aconsejar y Encarni me sirve una ensalada de alcachofas frescas, tomate pelado y Llisons (también llamados Lletsons, Llecsö ó Llicsö, en valenciano ó cerrajos ó cerrajas en castellano: ver el artículo http://saladardexabia.blogspot.com/2010/02/cerrajos-o-cerrajas.html de mi amigo Francisco Chorro, a quien le animé a contarnos sus experiencias gastronómicas en un blog, como hace con maestría a través de “La Cocina de antaño”: http://saladardexabia.blogspot.com/ ) todo regado con aceite de oliva, ensaladilla rusa (aunque no soy muy amigo de la mayonesa, está buenísima) y un “plato de trigo”.
ensalada de alcachofas, tomate pelado y llisons
El plato de trigo es una receta de cuchara, parecido a la olleta, con patatas, garbanzos, judías y trigo. Excelente. De postre, degustación, cuál mejor: tarta de chocolate, flan de queso y lo que llaman “salvavidas: parecido al tocino de cielo, pero más fino”. Buena relación calidad/precio. Para volver y recorrer estas calles de Orihuela, para dejarse convencer con las buenas maneras y mejores recetas de Encarni y su familia.
postre: tarta de chocolate, flan de queso y salvavidas
lunes, 11 de mayo de 2009
Gabriel Miró: niño
Mirando las pinceladas en un lienzo, Gabriel Miró aprendió a ver la interpretación de la realidad por los pinceles de su tío, Lorenzo Casanova, conocido pintor alcoyano. Los colores, los olores, los gestos, las formas, los paisajes, … , quedaban plasmados con su arte. Aprendió a ver las cosas que nos rodean con la vista de otros. A tener su propia percepción de esas cosas. A soñar en sus propias interpretaciones. A pensar cómo sería capaz de contarlas a su manera para interesar a los demás, para que le entendieran. Aprendió a observar a su alrededor, a mirar su entorno con más interés.
Gabriel Miró nació el 28 de julio de 1879 en Alicante , en el nº 14 de la calle Castaños, con fachada a Quevedo, señalada hoy con el nº 20. Miembro de una familia acomodada. Su padre, Ingeniero de Caminos, dio estabilidad económica a su familia, en aquellos años de finales del siglo XIX. Bautizado cuatro días después de su nacimiento en la Iglesia de San Nicolás de Alicante por Mariano Urios, Teniente Cura de la Parroquia. Le pusieron por nombre Gabriel por su abuelo paterno, Francisco por su abuelo materno y Víctor por el santo del día.
en esta casa nació Gabriel Miró
Dos casas más abajo de donde vivía Miró estaba la casa de Francisco Alemañ, maestro de párvulos, que al mismo tiempo era la escuela, en donde empezó a instruirse. Pero por su mal estado de salud fue a darle clases a casa un nuevo maestro: José Berenguer (don Marcelino en el “Humo dormido”). Pero con quien el niño Miró disfrutaba muchas horas del día era con Antón Nuño Descals, al que llamaban Nuño el Viejo, un criado de su casa. Todos los días esperaba a que terminara sus lecciones para salir juntos a la calle a jugar, a observar a los peatones, a mirar por los escaparates de las tiendas. A curiosear a la vida. A desarrollar su imaginación bajo los árboles del antiguo Paseo de la Reina (actual Rambla de Méndez Núñez). Imaginación que daba vida a este niño callado. Nuño el Viejo se convirtió en su compañero de juegos ya que Juan, el hermano mayor de Gabriel, lo habían matriculado sus padres en el Colegio de los Jesuitas de Orihuela, población a unos sesenta y cinco kilómetros de Alicante.
Gabriel Miró, niño, con su madre
Pasados unos años Gabriel traslada su domicilio a Orihuela para matricularse en el mismo colegio que su hermano Juan. Este pueblo dinámico de hoy no es el que fue entonces. Es “un colegio de una de esas ciudades adormecidas, cargadas de catolicismo, cuya jerarquía histórica se mantiene no más que por el obispado. Ciudades sin vida administrativa, ni militar, ni científica, embotados en un remanso de catolicismo histórico, en torno a un caserón episcopal. …/…. Nada turba el silencio de las calles desiertas sino el rumor de los seminaristas en terna cuando salen los jueves de paseo y los cascabeles del coche de S.I., pues en aquél tiempo los obispos incluían en el ritual el coche de mulas. En España todas las ciudades que tienen obispado y no tienen Gobierno Civil son bellas, pero tristes. Diríase que el mundo empieza y acaba en ellas” (1)
Para que estuviese junto a su hermano y por la fama en la enseñanza de este colegio, matricularon también a Gabriel. Orihuela no era desconocida para él. Era la tierra de su madre y su familia materna. De la que tanto había oído hablar. “Ciudad insigne por sus cáñamos, por sus naranjos y olivares, por la cría de los capullos de seda y la industria terciopelista, por el número de los monasterios y la excelencia de sus confituras, principalmente el manjar blanco y los pasteles de gloria de las Clarisas de San Gregorio” (3)
Fue una gran cambio en su vida. De la libertad de salidas y de juegos en Alicante a la severidad del Colegio en Orihuela.
“La frialdad y el silencio de los estudios, del Refectorio y de los Claustros, los hondos pasadizos cavados dentro de los muros; las siniestras hornacinas de los dormitorios; la foscura y pesadez de los tejados y torres, donde bajaban las nieblas y volaban los vencejos; los lamentos de las campanas; las clases de gramática, las zumbas de los antiguos, y la emoción de la dulce libertad del cielo y del campo, le producían tales sensaciones, que ayudadas de su flaqueza le mustiaron y entristecieron” (2).
Gabriel Miró vestido de monaguillo
interior Colegio Santo Domingo de Orihuela: patio renacentista
El niño travieso que correteaba por las calles de Alicante. Que se asomaba al Mediterráneo desde el Puerto a ver las barcas de los pescadores cuando volvían de faenar. Que juagaba en la orilla del mar y en la playa del Postiguet. Que iba. Y que venía. La estancia en el colegio, de la población donde había nacido su madre, le cambió el carácter. “No tenía amistades particulares y fuera de la compañía de su hermano, un tanto limitada por la severidad del Reglamento, no encontraba consuelo más que en mirar intensamente el paisaje en los ratos de recreo y trasladarse con el pensamiento a la cumbre de las montañas que divisaba en la lejanía” (2).
Miró se refugió en la observación de la naturaleza que tenía tan cerca. El río Segura, la huerta y las montañas que envuelven a Orihuela. Y un trocito del mar, en la lejanía. Ese mar que tanto echaba de menos. Que oía en las noches sin sueño. Que se imaginaba inquieto en las mañanas que soplaba el Levante.
Desde una de las torres del colegio, muy cerca de la enfermería, a la que acudió en reiteradas ocasiones con una melancolía que preocupaba, aprendió a mirar al cielo azul. A las nubes que pasaban deprisa para no volver. A ver los colores del campo según las estaciones. A aquellos hombres que se tostaban al sol mientras labraban la tierra. Al labriego, con su burro, sortear los surcos de su bancal, mientras sembraba. Al campesino quemando los rastrojos. Disfrutaba cuando recogían la cosecha y volvían al pueblo cantando.
“Desde la torre más alta del colegio y desde la callada altura …/… Vi los estampados tapices de las huertas desplegándose hasta mi casa, y el río azul y vaporoso que se torcía entre árboles tiernos, y el cielo muy pálido que bajaba en los horizontes, amparándonos con una inmensa cúpula de cristal, y sentí que me anegaba en el reposo y pureza del crepúsculo”. (2)
colegio Santo Domingo de Orihuela: torre
Aunque a Miró le marcó mucho en su personalidad la estancia en este colegio, también le influyó mucho la huerta de Orihuela. Sus colores, sus tonalidades. La vida a su alrededor. El río Segura a su paso por el pueblo camino del mar. Todas estas sensaciones quedaron plasmadas en muchas de sus obras.
el río Segura a su paso por Orihuela
Obras consultadas:
Biografía Intima de Gabriel Miró, de Juan Guardiola Ortiz; anotaciones (1), Obras Completas, de Gabriel Miró; anotaciones: (2) del “Niño y Grande”, (3) del “Nuestro Padre San Daniel”,
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