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lunes, 11 de noviembre de 2019

La aguadora de Bañuls




Si hay una plaza acogedora en Alicante, esta es una de ellas. Lo tiene todo, o casi todo, no me tachen ustedes de exagerado. Está en el centro de la ciudad y cerca del mar, bueno más cerca está del puerto deportivo para ser más exacto. Rodeado de construcciones de poca altura con un edificio singular que dio nombre a la plaza en el argot popular. Tiene arbolado de altas copas y frondosas ramas. Pergolas para pasar el rato bajo su sombra y, en medio de la plaza, una preciosa fuente. Además de muchas terrazas de bares y restaurantes que dan vida a este emblemático lugar de encuentro de Alicante. Seguro que ya han adivinado su nombre.

Esta es la plaza de Gabriel Miró. Aunque no siempre se ha llamado así. Tuvo también el nombre de plaza de las barcas; de la reina Isabel II; y de Correos.

Ahora cuesta creer que el mar hacía orilla muy cerca de aquí. En ella, las barcas de pescadores descansaban sobre la arena de la faena cotidiana. Aunque eso fue hace mucho tiempo. Vean. Aprovechando la cercanía del mar, aquí se construyó una casa para guardar la sal. Así nos lo cuenta Viravens en su Crónica (1876): “Felipe II mandó construir una casa que se llamó Del Rey para depositar los cargamentos de sal que conducían los buques a este puerto desde las salinas de la Mata (1591). Este edificio, que costó al Real Patrimonio 2.200 ducados, fue construido sobre el borde de la playa que entonces había donde en nuestro tiempo se ha formado el jardín de la plaza de Isabel II”. Ya ven, el terreno de esta zona se ganó al mar. Con el cambio climático y el calentamiento global, el mar podría intentar recuperar este espacio que antes fue suyo, pero eso es otra historia y ya hará algo el hombre sobre la naturaleza para impedirlo. Habrá que aprender de los holandeses que sobre esto tienen mucha experiencia.

En esta plaza hay un edificio emblemático, el de Correos, en cuyo solar antes hubo un almacén de sal ó del Rey, hospital, presidio, cine y teatro de zarzuelas. Frente a él hay un pequeño busto que representa al escritor alicantino Gabriel Miró. En reunión plenaria del Ayuntamiento en 1932 se decidió hacer una escultura de este insigne escritor para colocarlo en el jardín que lleva su nombre, aunque no se inauguró hasta el 27 de mayo de 1935 en presencia de Dubois, Director General de Bellas Artes, en representación del Gobierno republicano, y de Vicente Martínez-Pinna, Teniente de Alcalde de Alicante. Este manifestó que la ciudad dedica esta escultura “que perpetúa el culto y la admiración de Alicante a su hijo esclarecido”. Se leyeron cartas de adhesión de Azorín, Altamira y Oscar Esplá, así como de la viuda e hijos de este escritor. Los niños del Grupo Escolar Gabriel Miró, de las Carolinas, depositaron un ramo de flores junto al monumento. El escultor de esta obra fue José Samper.

Un gran ficus da sombra y cobijo todo el año a esta escultura. El ficus es de la especie denominada macrophylla. En esta plaza hay varios ficus, uno de ellos es considerado el “más notable de todo el país” según el mapa forestal de España. El Ayuntamiento de Alicante los ha incluido en el Catálogo de Árboles Monumentales de interés local, para protegerlos, con los otros ficus gigantes que hay en la ciudad hasta un número de 23 ejemplares. Los más grandes suelen tener anchos troncos, algunos de 6 metros de diámetro, pueden alcanzar los 50 metros de altura y tener copas de más de 25 metros de diámetro. Sus hojas son de color verde durante todo el año. Todos ellos son un gran tesoro de la ciudad por lo que tenemos que protegerlos. Son admiración no sólo de los muchos turistas que nos visitan sino también de no pocos alicantinos que nos asombramos de su tamaño, del grosor de sus troncos, de su altura,...

En medio de la plaza hay una fuente. El correr de su agua da esa musicalidad que amansa a las bestias e inspira a los inteligentes. Algo de esto he leído por ahí, ¿saben la leyenda de Orfeo?. La frase que “la música amansa a las fieras” es originaria de la leyenda de Orfeo (s. Vi a. C.), músico y poeta griego que tenía un don especial con la forma de tocar la lira y de entonar su canto que amansaba a las fieras más salvajes.

Pero hay más. A finales del siglo XIX, concretamente el 16 de octubre de 1898, llegó agua potable a esta plaza canalizada desde Sax, nada menos. Ya entonces se las ingeniaban para traer agua a la sedienta Alicante. Posteriormente, en 1918, en el mismo lugar donde fluía esta agua a través de un surtidor, se construyó una escultura a modo de fuente. A esta se le llama desde entonces “la aguadora”. El escultor Vicente Bañuls es su autor. Tomó como modelo a una chica joven de 17 años que vivía cerca de su casa y que tenía por nombre Susana Llaneras Rico. Ella es la protagonista, esculpida en piedra, y objeto de tantas miradas. Después de observarla un rato parece que se gira y te mira presumida con esa picardía de las adolescentes.

La aguadora está sobre un pedestal junto a unos niños de piedra. De sus brazos inclina un jarro por donde cae el agua sobre un fauno. Con el 110 aniversario del trasvase de agua potable desde Sax se restauró esta fuente por Aguas Municipalizadas de Alicante cuyas obras tuvieron un coste de ciento setenta y cinco mil euros, siendo Sonia Castedo la alcaldesa de la ciudad (2008), manifestando en la inauguración de esa restauración que “la ciudad se embellece, se pone guapa con el agua, uno de los elementos que más escasea por aquí”.  Pues eso.



Este artículo lo he escrito con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Plaza.

domingo, 3 de marzo de 2019

Almendros en flor por el valle de Guadalest



Les invito que me acompañen a una excursión por el valle de Guadalest para disfrutar del anuncio de la primavera. Los almendros en flor visten de blanco, de marfil y de rosa la ladera de las montañas, la ribera de los riachuelos, los campos de secano donde la almendra es un producto típico de estas tierras.

En nuestro recorrido es protagonista el paisaje, ese que atrajo a escritores, músicos y pintores alicantinos cuando nadie que no trabajara estas tierras venía a disfrutar de su entorno. Gabriel Miro, Óscar Espla, Emilio Varela, con sus obras nos invitan a recorrer estos terruños, a comentar con sus aldeanos las fatigas cotidianas, a saborear las viandas de su huerto y de sus corrales cocinadas en fogones que han hecho historia. Un mundo bucólico tan cercano y tan desconocido que no deja de ser duro para quien labra la tierra y cría su ganado.

El valle de Guadalets es un recorrido por pueblecitos con su propia personalidad. El valle lo abren dos pueblos protagonistas por sí mismos aunque no forman parte de él en su descripción geográfica, pero merecen su mención.

La Nucía, tan cercana a Benidorm, ha visto cómo su desarrollo urbanístico ha cambiado el pueblo para siempre, pero también se ha dotado de servicios envidia de pueblos vecinos. Recorrer sus calles adoquinadas es un placer para el caminante urbano. Pólop de la Marina, con su castillo y su cementerio, aunque ya no no lo es ni uno ni el otro, el tiempo pasa inexorablemente y cambia hábitos y costumbres. La torre de su iglesia corona el pueblo y las casas crecen a sus pies. Y sus 221 caños de agua que musicalizan su plaza y calles cercanas con el susurro de sus chorros.

Guadalest, es uno de los pueblos más visitados de España por su singularidad. Excavado en la roca, su recinto amurallado intramuros nada tiene que ver con el caserío extramuros de casitas blancas que se cogen de la mano pared con pared y venden recuerdos de esta tierra bajo su techo ó guardan objetos de museo de curiosa elaboración. Un campanario en el pico de una roca. Sus murallas, desde ellas se divisa el pueblo, el valle, el embalse de Guadalest y su presa. Benimantell y la afición a la pelota valenciana que juegan en la calle siendo el frontón las fachadas de las casas. Beniardá, inicio de rutas senderistas hacia el embalse de Guadalest y la sierra de la Serrella, es un pueblo agricultor que se abre tímidamente al turismo de interior. Benifato o donde el tiempo se detiene sin darte cuenta. Caminando por sus calles limpias y silenciosas sin coches te das cuenta que allí se puede vivir de otra manera más sosegada. Su lavadero público, por donde corre el agua fría de manantial de las fuentes de la sierra Aitana, recuerda cómo se lavaba la ropa no hace mucho. Los recuerdos traen voces de antaño de algunas de sus vecinas que contaban, exclamaban y reían su devenir cotidiano. Abdet, pequeño, remoto y tímido a las faldas de la Serrella, es el mirador del valle. Confrides, con su pequeño castillo en un cerro, llamado de Alfofra, cierra y observa el valle desde arriba y ve el mar allá a lo lejos.

Los almendros en flor los han hecho populares. La floración de estos árboles son un espectáculo de la naturaleza y un reclamo gratuito para visitar el valle. Aunque les invito a que disfruten lo que puedan de ellos porque dentro de unos años quizá no quede ninguno. La plaga de la llamada Xilella Fastidiosa y el protocolo de la Unión Europea para su extinción ha provocado que se arranquen muchos árboles ante la indignación de sus propietarios porque en vez de estirpar la parte afectada del árbol, lo arrancan entero, así como todos los árboles y cultivos en un radio de cien metros. Los agricultores dicen que para que un almendro se desarrolle bien necesita muchos años y que este proceder es el fin de sus plantaciones. Reivindico desde estas líneas una mayor sensibilidad con estos hombres y mujeres que trabajan su tierra con tanto esmero. Son los primeros que quieren preservar sus almendros, no quieren ver en manos del leñador sus propios árboles. Esta plaga afecta a almendros, olivos, vid, cítricos, frutales y plantas ornamentales.

Y toda excursión necesita premiar el esfuerzo. Este premio es la comida para cambiar impresiones Y qué mejor que comer una olleta de blat (trigo) para alimentar el alma, el espíritu y el estómago en la Venta Benifato, en la población del mismo nombre, ó un arroz al horno en El Trestellador, en Benimantell.  Disfrutaran, se lo aseguro. Que aproveche.



Este artículo ha sido publicado con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Press

lunes, 3 de diciembre de 2018

El populoso Barrio de Benalúa



Un buen amigo me ha pedido un favor y me ha propuesto un reto, que esta semana escriba sobre su barrio de Benalúa en esta columna de opinión porque - dice - seguro que también algo tendrá que ver conmigo como alicantino de cuna.

Los retos me gustan. Por esto, aquí estoy para contarles sobre el “populoso barrio de Benalúa”, denominación que he escuchado en varias ocasiones a algunos de sus vecinos. Aciertan porque Benalúa es uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad de Alicante.

¿Saben ese que dice que un matrimonio de ancianos fue al despacho de un arquitecto para negociar la compra de una vivienda en la playa?. Durante la conversación el arquitecto les preguntó varias cosas y cuando le dijeron que su residencia habitual de toda la vida la tenían en la calle Pascual Pardo Gimeno, el arquitecto les preguntó: “¿saben quién fue Pardo Gimeno?”, por eso de dar conversación a sus clientes, ya me entienden. Pero cuando le respondieron, se quedó sorprendido. “¿Pardo Gimeno?, - repitieron la pregunta - pues no, no sabemos, llevamos poco tiempo viviendo en esta calle y no conocemos al fulano ese”. No es un chiste, es un hecho real. No les culpo. Muchos como ellos - de todas las edades -  seguro que no conocen el origen y de donde viene el nombre de su barrio. Pues yo se lo cuento ahora si me dan la oportunidad de acompañarme en las siguientes líneas.

El nombre de Benalúa viene, nada menos, que del Marqués de Benalúa, José Carlos de Aguilera, quien dio por bueno e hizo también propio el sueño de Pascual Pardo Gimeno: construir un nuevo barrio en un lugar privilegiado de la fachada marítima de la ciudad de Alicante. Fachada marítima, si, no me he equivocado. Tengan en cuenta que el mar entonces casi bañaba las vías de la Estación de Benalúa (también llamada estación de Murcia). Otros miembros de la burguesía alicantina se sumaron a esta iniciativa: José Soler, Juan Foglietti, Armando Alberola, José Carratalá, Francisco Pérez Medina, Pedro García Andreu, Arcadio Just y Clemente Miralles que, más tarde, lo sustituyó José Guardiola. Todos ellos formaron parte de una nueva Sociedad a la que le dieron el nombre de “Los diez amigos”. Era el año 1883. Su finalidad: construir un nuevo barrio de nombre Benalúa con 208 casas juntas en manzanas de 20 casas. 1884 es el año de la fundación de este barrio. Aún quedan algunas de estas casas como se construyeron entonces. La denominación de sus calles aún perviven, los diez amigos dan nombre a calles del barrio. En la placeta Navarro Rodrigo, punto de encuentro y de reunión de este barrio, hay una placa que recuerda a estos diez amigos que fundaron este bello rincón de Alicante.

Personajes ilustres alicantinos nacieron, vivieron ó murieron en esta barriada. Pongo unos ejemplos. Aquí nació el pintor Gastón Castelló. En este barrio tuvo casa el escritor Gabriel Miró, quien casó en su iglesia. También hubo un chalet del músico Oscar Esplá. Hoy solo queda un chalet de aquellos, el palacete de Aguas. En la enfermería del Reformatorio de Adultos, también llamada la cárcel de Benalúa (hoy los Juzgados), murió el poeta oriolano Miguel Hernández.

Muchas cosas ya no están, como el cine Roxy, el templete de la Placeta, el Cuartel de Benalúa ó el Teatro Polo; y otras permanecen: entre otras, las criptas de la iglesia de San Juan Bautista con diversas tumbas como la de Prudencio De la Viña, la de los Marqueses del Bosch que estaban en la cripta del Asilo y que se trasladaron a las de esta iglesia ó la de algunos párrocos. También se ha salvado del paso del tiempo el ficus centenario. Y el Asilo, que espera mantener los usos para los que se creó: atender a personas en situación de desamparo.

Todo hace que este barrio tenga personalidad propia, que sea sano y conveniente que sus “hijos” recuerden sus orígenes, reivindiquen lo que fue y se empeñen en disfrutar de lo que es, un lugar extraordinario para vivir en Alicante.



Este artículo se ha publicado con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Press

domingo, 29 de abril de 2018

Años y leguas





Años y leguas, sí. Uso este título por un momento y por una buena causa, ya verán. Aunque a muchos les vendrá en seguida a la memoria un libro con este título de ese escritor alicantino tan olvidado: Gabriel Miró. Recordarle es recordar su figura, sus escritos, su vida. Recordarle es acordarse de aquella Orihuela de sus estudios en los Jesuitas durante su infancia, sus soledades desde el campanario de Santo Domingo, sus paseos a la vera del río Segura,... En esta localidad le dieron su primer premio literario por una redacción escolar titulada “Un día de campo”.

Gabriel Miró, de regreso a Alicante por un problema de salud y sobre todo llamado por el rumor del mar, el clamor de las gaviotas, el corretear y jugar con sus amigos de aquí, dejó atrás cierta timidez y la inocencia de la infancia.

Gabriel Miró se refugiaba en sus escritos. Nunca el papel quedaba en blanco. Nunca la imaginación le dejó sin ideas. Era ponerse a escribir y el papel se llenaba de palabras que contaban muchas cosas. A veces pequeños detalles. Otras veces grandes motivos. Muchas, escenas de la vida cotidiana que le pasaban por delante o imaginaba que pasaban.

Se codeo con otros artistas alicantinos de otras disciplinas. Emilio Varela, cargado siempre con sus pinturas, cuartillas o lienzos en blanco que colorear con su arte. Oscar Esplá con sus partituras, tarareando sus nuevas composiciones. Germán Bernacer con sus teorías económicas, propuestas por doquier que abrumaban a todos.

Muchas primaveras, cuando el sol ya empezaba a apretar - Esplá, Varela, Bernacer y Miró - buscaban lugares frescos donde conversar durante sus tertulias. Muchas largas y profundas. Otras divertidas y lisonjeras. En una de esas, les hablaron de un pueblo y de un valle por donde corre un riachuelo que todos comparten nombre: Guadalest.

Y allí fueron un día, cada uno imaginando lo que podrían encontrarse. Ese valle les enamoró, cada uno a su manera. Y lo plasmaron en sus obras. Este descubrimiento lo convirtieron sin saberlo en parte de la aventura de su vida y en la de muchos otros que siguieron sus pasos.

Uno de sus discípulos de tertulia, mis abuelos. Después lo fueron de ellos mis padres quienes nos inculcaron a sus hijos el amor por este valle. Y así fue como hemos recorrido sus caminos y sus sendas, sus collados y sus veredas, sus montes y sus picos, los pueblecitos, las fuentes de sus manantiales, su embalse y, por supuesto, sus fogones. Hay que alimentar al alma, pero también al cuerpo.

Hace unas semanas, un lunes de Pascua, mi madre nos invitó a recorrer este valle. Y allí fuimos. No a lomos de burro o sentados en tartana como antaño sino en un vehículo a motor. Aún quedaban árboles, almendros y cerezos, que no dejaban mudar la flor de sus ramas. Y recorrimos sus caminos hoy asfaltados y los nuestros de la memoria llenos de recuerdos.

Polop, Guadalest, Benimantell, Beniardá, el embalse del mismo nombre que el valle,  ... Y comimos en el restaurante Tresteñador uno de los mejores arroces al horno de la provincia. El premio a un gran día en familia.

Gabriel Miró escribió “Años y leguas” influenciado por sus estancias en Polop y por recorrer este valle de Guadalest a los pies de la sierra Aitana.

Mi madre no quería ni quiere que pasen años y leguas sin volver a esta querida tierra. Y nosotros tampoco, por eso el título de este artículo que me ha hecho recordar, a su vez, al escritor alicantino Gabriel Miró que tan bién describió los lugares de este valle.



Este artículo ha sido escrito con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Press

martes, 11 de mayo de 2010

Emilio Varela y el triunfo del color

 

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Su timidez – ó quizá gracias a esta – no impidió que el pintor alicantino Emilio Valera inundara sus lienzos con los colores de las montañas, del mar, de calles estrechas, de campos floridos, de árboles frondosos. Le gustaba cargar con su caballete, sus pinceles, su paleta. Por caminos solitarios, por prolongadas veredas, por escarpados senderos. Junto a campos de olivos, de almendros en flor, de algarrobos. Cerca de caserones de labranza, de balsas de aguas dormidas, por la huerta alicantina. Entre callejuelas del casco antiguo de Alicante, del puerto, del Paseo de la Explanada. Bajo el castillo Santa Bárbara y su monte Benacantil. En los pueblecitos del valle de Guadalest, en el palmeral de Elche, en los pueblos costeros de Javea y Calpe. En tantos otros rincones donde Varela captaba con maestría el instante, el color, la luz.

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No le gustaba pintar sus cuadros si se sentía observado por extraños, por curiosos. Por esto, buscaba estar sólo, entre bancales, acompañado a veces de amigos y personas del lugar de su confianza que le podían informar de parajes, de sendas, de costumbres. Por esto, cuando pintó calles y plazas, paseos y edificios, el puerto, lo hizo desde altos puntos de observación: la terraza del Ateneo, la torre del reloj del Ayuntamiento, el estudio de Andreu Buforn situado en el Barrio Antiguo, …

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El ser tímido que llevaba dentro no le impidió rodearse de buenos amigos. Los hermanos Botella durante su infancia, con quienes jugaba a hacer teatro en el desván de su casa, pintando Varela los escenarios. Más tarde, le gustaba la privacidad de las tertulias, como la que tuvo en la trastienda de “La Decoradora”, en la calle Altamira, donde además de comprar lienzos y pinturas de la marca Cambridge y de participar en exposiciones, conversaba de arte con su propietario José Mingot Cremades y con su empleado Pepe Iñesta, ó como la que tenía en el taller del escayolista Ramón Ripoll en la calle San Francisco, a la que acudían, entre otros, el fotógrafo Ángel Custodio, quien un día llevó un número de la revista “La esfera” en cuyas páginas centrales había una gran fotografía de almendros en flor en Guadalest. A todos les despertó la curiosidad por tan bello paisaje y las ganas de visitar este pueblecito de la montaña, con su castillo escavado en la roca. La primera noche que pasó Varela cerca de Guadalest fue en la Fonda de Visenteta, en la calle Mayor de Benimantell, visitando este pueblecito y todos los del valle, además de su entorno.

P1030706panorámica del valle de Guadalest 

pP1030662plaza del pueblo ( Benimantell )

A Emilio Varela estos paisajes le causaron una extraordinaria impresión. Los visitaría en numerosas ocasiones y los pintó en multitud de lienzos. Con diversos tonos de luz y de color según el momento en que era pintado el cuadro. En sus caminatas, en sus excursiones campestres, le acompañaron buenos amigos de su ciudad natal como el compositor Oscar Esplá, el escritor Gabriel Miró, el economista Germán Bernacer, … Todos ellos compartían una sensibilidad especial por este paisaje que les unía, para contemplar los campos de secano escalonados en terrazas, las rojizas tierras labradas de las faldas de las montañas, los chopos cerca de los riachuelos, las pinceladas blancas, marfil y rosáceas de los almendros en flor en primavera, los verdes pinares, el rumor del agua de las fuentes de la sierra de Aitana, los pequeños rebaños de cabras que subían y bajaban por las laderas, … En esta tranquilidad, con este sosiego, se inspiraban sus conciencias, se alteraba su imaginación. Se aceleraban sus ansias de pintar, en el caso de Varela, de llenar el lienzo de colores donde la naturaleza era protagonista con sus diferentes tonalidades.

P1030657 valle de Guadalest

Varela no sólo es conocido por los bellos paisajes de estos terruños, de los campos de la Condomina, de los pueblos de la costa, sino también por sus bodegones y sus retratos. Cuando necesitó de la figura humana para plasmar sus sensaciones en un cuadro, su timidez le hizo recurrir muchas veces a sí mismo, por eso se conocen más de un centenar de autorretratos desde su época de adolescente hasta poco antes de su fallecimiento.

P1030667 Emilio Varela con cuarenta años

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autorretrato de Emilio Varela en su adolescencia

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autorretrato de Emilio Varela en 1951

En la obra de Emilio Varela descubrimos su facilidad para captar los tonos, el detalle de los colores, el instante de la naturaleza. En su fase aprendizaje, uno de sus maestros, el famoso pintor Joaquín Sorolla, ya le dijo al padre de Varela, cuando este le preguntó en el Hotel Samper de Alicante en el verano de 1905 si su discípulo progresaba en su Estudio de Madrid, que “demasiado”, que le “estaba robando el color”. Y esta facilidad de captar los colores de la naturaleza, de la ciudad, del mar, y plasmarlos con sencillez en sus cuadros, es su seña de identidad. Como lo es también que en sus paisajes y bodegones gustaba de realizarlos en una sola sesión. Disfrutaba tanto cuando pintaba que no dejaba de hacerlo hasta terminar el cuadro. La paleta en una mano, los pinceles en la otra. Estos los cogía muy cerca de las cerdas. Incluso sus dedos llenos de pintura llegaron a acariciar muchas veces el lienzo, recorriéndolo con tonalidades diferentes. Tal era su pasión, su deseo, su excitación, sus ganas de plasmar lo que corría por su mente, que llenaba el lienzo con emoción, sin descanso, hasta terminar la obra.

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Muchas de estas, algunas de colecciones particulares, podemos disfrutarlas en la Exposición que el Ayuntamiento de Alicante expone en la Sala de Exposiciones de la Lonja de Pescado hasta el 15 de mayo de 2010. Un verdadero homenaje a uno de los mejores pintores del siglo XX. Con esta importante exposición ha nacido un clamor popular entre la ciudadanía alicantina para reivindicar a Emilio Varela y su pintura. Una iniciativa ciudadana que está despertando voluntades para solicitar al Ayuntamiento un museo permanente de Emilio Varela. Protagonistas de esta iniciativa son Roche Cárcer, Rosa Monzón y Eduardo Lastres. Aunque no es una reivindicación nueva. En su libro “ Valera y su entorno. Notas para una biografía”, editado en 1979, José Bauzá manifestaba que “cuando su perfil de pintor no ha hecho más que agigantarse, …, nosotros continuamos negándole la atención y el respeto que su obra y el recuerdo de su persona merecen. No hemos habilitado un museo que custodie y conserve sus cuadros. No hemos escrito todavía su biografía definitiva, ni elaborado el catálogo completo de su obra. ¿Se nos ha ocurrido dedicarle un documental cinematográfico, un corto, que evoque su personalidad, su paso por la vida, y que nos permita, por lo menos, …, proyectar cada vez que lo deseemos una antología de sus telas y cartones?”. Hoy esta pregunta y esta petición y este deseo y esta inquietud, siguen abiertas. ¿Hasta cuándo?.

Obras consultadas:

“Varela y su entorno. Notas para una biografía”, de José Bauzá

“Emilio Varela, 1887-1951”. Catálogo de la Exposición “Centenario de Emilio Varela”, que en Noviembre-Diciembre de 1987, realizó la Caja de Ahorros de Alicante y Murcia.

miércoles, 10 de marzo de 2010

En esta Orihuela … Casa Encarni

 

P1010887 Orihuela. Casas sobre el río Segura

En esta Orihuela de sotana, obispado (compartido con Alicante) y seminario. En esta Orihuela Monumental donde el Barroco y el Gótico dejaron su huella en fachadas, cúpulas y ventanas. En esta Orihuela de la que sus vecinos manifiestan que hay más iglesias y conventos que en la ciudad eterna de Roma. En esta Orihuela con sus serias Cofradías y sus artísticas tallas procesionales de Semana Santa. En esta Orihuela festiva por donde desfilan majestuosos trajes en su fiesta de Moros y Cristianos. En esta Orihuela bañada por el río Segura, cuando baña. En esta Orihuela huertana, rodeada, aún, de campos de cultivo y de rebaños. En esta Orihuela que acoge, que ilumina, que acompaña y que despertó la imaginación de un niño, el escritor alicantino Gabriel Miró, que dio protagonismo a estas tierras en sus novelas. En esta Orihuela Hernandiana que celebra este año el Centenario del nacimiento de su querido poeta Miguel Hernández.

P1010978 seminario

P1010957 palacio episcopal

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ventana de la Catedral

P1010989 el río Segura a su paso por Orihuela

En esta Orihuela hospitalaria siempre hay ratos para la tertulia y la buena mesa. El olor del contenido de las ollas es el mejor consuelo para el cansancio del trabajador después de una provechosa mañana. Y es mi amigo Enrique Martín quien me ha recomendado comer en Casa Encarni. Aún sin señas, los lugareños me indican el buen camino. En una calle estrecha, cerca del Ayuntamiento, de la Iglesia de Santiago, del Palacio Rubalcaba, frente a un colegio público. Encarni me recibe en la puerta, como si me estuviese esperando. Bajita, regordeta, con mirada simpática y un acento con una entonación particular, quizá de la cercana región de Murcia. Estoy en la calle F. Díe, en el Bar Hermanos Manolé, aunque la fama le viene por Encarni, por su atención, por su gracia por su cocina.

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Entre risas me dice Encarni que “yo ya casi no cocino. Es mi cuñada quien lo hace, aunque yo pongo el punto. Sin él, no está bueno. Lo mío son los postres”. Me dejo aconsejar y Encarni me sirve una ensalada de alcachofas frescas, tomate pelado y Llisons (también llamados Lletsons, Llecsö ó Llicsö, en valenciano ó cerrajos ó cerrajas en castellano: ver el artículo http://saladardexabia.blogspot.com/2010/02/cerrajos-o-cerrajas.html de mi amigo Francisco Chorro, a quien le animé a contarnos sus experiencias gastronómicas en un blog, como hace con maestría a través de “La Cocina de antaño”: http://saladardexabia.blogspot.com/ ) todo regado con aceite de oliva, ensaladilla rusa (aunque no soy muy amigo de la mayonesa, está buenísima) y un “plato de trigo”.

P1010894 ensalada de alcachofas, tomate pelado y llisons

El plato de trigo es una receta de cuchara, parecido a la olleta, con patatas, garbanzos, judías y trigo. Excelente. De postre, degustación, cuál mejor: tarta de chocolate, flan de queso y lo que llaman “salvavidas: parecido al tocino de cielo, pero más fino”. Buena relación calidad/precio. Para volver y recorrer estas calles de Orihuela, para dejarse convencer con las buenas maneras y mejores recetas de Encarni y su familia.

P1010895 plato de “trigo”

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postre: tarta de chocolate, flan de queso y salvavidas

lunes, 11 de mayo de 2009

Gabriel Miró: niño

 

Mirando las pinceladas en un lienzo, Gabriel Miró aprendió a ver la interpretación de la realidad por los pinceles de su tío, Lorenzo Casanova, conocido pintor alcoyano. Los colores, los olores, los gestos, las formas, los paisajes, … , quedaban plasmados con su arte. Aprendió a ver las cosas que nos rodean con la vista de otros. A tener su propia percepción de esas cosas. A soñar en sus propias interpretaciones. A pensar cómo sería capaz de contarlas a su manera  para interesar a los demás, para que le entendieran. Aprendió a observar a su alrededor, a mirar su entorno con más interés.

Gabriel Miró nació el 28 de julio de 1879 en Alicante , en el nº 14 de la calle Castaños, con fachada a Quevedo, señalada hoy con el nº 20. Miembro de una familia acomodada. Su padre, Ingeniero de Caminos, dio estabilidad económica a su familia, en aquellos años de finales del siglo XIX. Bautizado cuatro días después   de su nacimiento en la Iglesia de San Nicolás de Alicante por Mariano Urios, Teniente Cura de la Parroquia. Le pusieron por nombre Gabriel por su abuelo paterno, Francisco por su abuelo materno y Víctor por el santo del día.

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en esta casa nació Gabriel Miró

Dos casas más abajo de donde vivía Miró estaba la casa de Francisco Alemañ, maestro de párvulos, que al mismo tiempo era la escuela, en donde empezó a instruirse. Pero por su mal estado de salud fue a darle clases a casa un nuevo maestro: José Berenguer (don Marcelino en el “Humo dormido”). Pero con quien el niño Miró disfrutaba muchas horas del día era con Antón Nuño Descals, al que llamaban Nuño el Viejo, un criado de su casa. Todos los días esperaba a que terminara sus lecciones para salir juntos a la calle a jugar, a observar a los peatones, a mirar por los escaparates de las tiendas. A curiosear a la vida. A desarrollar su imaginación bajo los árboles del antiguo Paseo de la Reina (actual Rambla de Méndez Núñez). Imaginación que daba vida a este niño callado. Nuño el Viejo se convirtió en su compañero de juegos ya que Juan, el hermano mayor de Gabriel, lo habían matriculado sus padres en el Colegio de los Jesuitas de Orihuela, población a unos sesenta y cinco kilómetros de Alicante.

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Gabriel Miró, niño, con su madre

Pasados unos años Gabriel traslada su domicilio a Orihuela para matricularse en el mismo colegio que su hermano Juan. Este pueblo dinámico de hoy no es el que fue entonces.  Es “un colegio de una de esas ciudades adormecidas, cargadas de catolicismo, cuya jerarquía histórica se mantiene no más que por el obispado. Ciudades sin vida administrativa, ni militar, ni científica, embotados en un remanso de catolicismo histórico, en torno a un caserón episcopal. …/…. Nada turba el silencio de las calles desiertas sino el rumor de los seminaristas en terna cuando salen los jueves de paseo y los cascabeles del coche de S.I., pues en aquél tiempo los obispos incluían en el ritual el coche de mulas. En España todas las ciudades que tienen obispado y no tienen Gobierno Civil son bellas, pero tristes. Diríase que el mundo empieza y acaba en ellas” (1)

100_5560 Seminario de Orihuela

Para que estuviese junto a su hermano y por la fama en la enseñanza de este colegio, matricularon también a Gabriel. Orihuela no era desconocida para él. Era la tierra de su madre y su familia materna. De la que tanto había oído hablar. “Ciudad insigne por sus cáñamos, por sus naranjos y olivares, por la cría de los capullos de seda y la industria terciopelista, por el número de los monasterios y la excelencia de sus confituras, principalmente el manjar blanco y los pasteles de gloria de las Clarisas de San Gregorio” (3)

Fue una gran cambio en su vida. De la libertad de salidas y de juegos en Alicante a la severidad del Colegio en Orihuela.

“La frialdad y el silencio de los estudios, del Refectorio y de los Claustros, los hondos pasadizos cavados dentro de los muros; las siniestras hornacinas de los dormitorios;  la foscura y pesadez de los tejados y torres, donde bajaban las nieblas y volaban los vencejos; los lamentos de las campanas; las clases de gramática, las zumbas de los antiguos, y la emoción de la dulce libertad del cielo y del campo, le producían tales sensaciones, que ayudadas de su flaqueza le mustiaron y entristecieron” (2).

Imagen 

Gabriel Miró vestido de monaguillo

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interior Colegio Santo Domingo de Orihuela: patio renacentista

El niño travieso que correteaba por las calles de Alicante. Que se asomaba al Mediterráneo desde el Puerto a ver las barcas de los pescadores cuando volvían de faenar. Que juagaba en la orilla del mar y en la playa del Postiguet. Que iba. Y que venía.  La estancia en el colegio, de la población donde había nacido su madre, le cambió el carácter. “No tenía amistades particulares y fuera de la compañía de su hermano, un tanto limitada por la severidad del Reglamento, no encontraba consuelo más que en mirar intensamente el paisaje en los ratos de recreo y trasladarse con el pensamiento a la cumbre de las montañas que divisaba en la lejanía” (2).

Miró se refugió en la observación de la naturaleza que tenía tan cerca. El río Segura, la huerta y las montañas que envuelven a Orihuela. Y un trocito del mar, en la lejanía. Ese mar que tanto echaba de menos. Que oía en las noches sin sueño. Que se imaginaba inquieto en las mañanas que soplaba el Levante. 

Desde una de las torres del colegio, muy cerca de la enfermería, a la que acudió en reiteradas ocasiones con una melancolía que preocupaba, aprendió a mirar al cielo azul. A las nubes que pasaban deprisa para no volver. A ver los colores del campo según las estaciones.  A aquellos hombres que se tostaban al sol mientras labraban la tierra. Al labriego, con su burro, sortear los surcos de su bancal, mientras sembraba. Al campesino quemando los rastrojos.  Disfrutaba cuando recogían la cosecha y volvían al pueblo cantando.

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“Desde la torre más alta del colegio y desde la callada altura …/… Vi los estampados tapices de las huertas desplegándose hasta mi casa, y el río azul y vaporoso que se torcía entre árboles tiernos, y el cielo muy pálido que bajaba en los horizontes, amparándonos con una inmensa cúpula de cristal, y sentí que me anegaba en el reposo y pureza del crepúsculo”. (2)

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colegio Santo Domingo de Orihuela: torre

Aunque a Miró le marcó mucho en su personalidad la estancia en este colegio, también le influyó mucho la huerta de Orihuela. Sus colores, sus tonalidades. La vida a su alrededor. El río Segura a su paso por el pueblo camino del mar. Todas estas sensaciones quedaron plasmadas en muchas de sus obras.

P1010754 el río Segura a su paso por Orihuela

 

Obras consultadas:

Biografía Intima de Gabriel Miró, de Juan Guardiola Ortiz; anotaciones (1), Obras Completas, de Gabriel Miró; anotaciones: (2) del “Niño y Grande”, (3) del “Nuestro Padre San Daniel”,

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