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domingo, 3 de marzo de 2019

Almendros en flor por el valle de Guadalest



Les invito que me acompañen a una excursión por el valle de Guadalest para disfrutar del anuncio de la primavera. Los almendros en flor visten de blanco, de marfil y de rosa la ladera de las montañas, la ribera de los riachuelos, los campos de secano donde la almendra es un producto típico de estas tierras.

En nuestro recorrido es protagonista el paisaje, ese que atrajo a escritores, músicos y pintores alicantinos cuando nadie que no trabajara estas tierras venía a disfrutar de su entorno. Gabriel Miro, Óscar Espla, Emilio Varela, con sus obras nos invitan a recorrer estos terruños, a comentar con sus aldeanos las fatigas cotidianas, a saborear las viandas de su huerto y de sus corrales cocinadas en fogones que han hecho historia. Un mundo bucólico tan cercano y tan desconocido que no deja de ser duro para quien labra la tierra y cría su ganado.

El valle de Guadalets es un recorrido por pueblecitos con su propia personalidad. El valle lo abren dos pueblos protagonistas por sí mismos aunque no forman parte de él en su descripción geográfica, pero merecen su mención.

La Nucía, tan cercana a Benidorm, ha visto cómo su desarrollo urbanístico ha cambiado el pueblo para siempre, pero también se ha dotado de servicios envidia de pueblos vecinos. Recorrer sus calles adoquinadas es un placer para el caminante urbano. Pólop de la Marina, con su castillo y su cementerio, aunque ya no no lo es ni uno ni el otro, el tiempo pasa inexorablemente y cambia hábitos y costumbres. La torre de su iglesia corona el pueblo y las casas crecen a sus pies. Y sus 221 caños de agua que musicalizan su plaza y calles cercanas con el susurro de sus chorros.

Guadalest, es uno de los pueblos más visitados de España por su singularidad. Excavado en la roca, su recinto amurallado intramuros nada tiene que ver con el caserío extramuros de casitas blancas que se cogen de la mano pared con pared y venden recuerdos de esta tierra bajo su techo ó guardan objetos de museo de curiosa elaboración. Un campanario en el pico de una roca. Sus murallas, desde ellas se divisa el pueblo, el valle, el embalse de Guadalest y su presa. Benimantell y la afición a la pelota valenciana que juegan en la calle siendo el frontón las fachadas de las casas. Beniardá, inicio de rutas senderistas hacia el embalse de Guadalest y la sierra de la Serrella, es un pueblo agricultor que se abre tímidamente al turismo de interior. Benifato o donde el tiempo se detiene sin darte cuenta. Caminando por sus calles limpias y silenciosas sin coches te das cuenta que allí se puede vivir de otra manera más sosegada. Su lavadero público, por donde corre el agua fría de manantial de las fuentes de la sierra Aitana, recuerda cómo se lavaba la ropa no hace mucho. Los recuerdos traen voces de antaño de algunas de sus vecinas que contaban, exclamaban y reían su devenir cotidiano. Abdet, pequeño, remoto y tímido a las faldas de la Serrella, es el mirador del valle. Confrides, con su pequeño castillo en un cerro, llamado de Alfofra, cierra y observa el valle desde arriba y ve el mar allá a lo lejos.

Los almendros en flor los han hecho populares. La floración de estos árboles son un espectáculo de la naturaleza y un reclamo gratuito para visitar el valle. Aunque les invito a que disfruten lo que puedan de ellos porque dentro de unos años quizá no quede ninguno. La plaga de la llamada Xilella Fastidiosa y el protocolo de la Unión Europea para su extinción ha provocado que se arranquen muchos árboles ante la indignación de sus propietarios porque en vez de estirpar la parte afectada del árbol, lo arrancan entero, así como todos los árboles y cultivos en un radio de cien metros. Los agricultores dicen que para que un almendro se desarrolle bien necesita muchos años y que este proceder es el fin de sus plantaciones. Reivindico desde estas líneas una mayor sensibilidad con estos hombres y mujeres que trabajan su tierra con tanto esmero. Son los primeros que quieren preservar sus almendros, no quieren ver en manos del leñador sus propios árboles. Esta plaga afecta a almendros, olivos, vid, cítricos, frutales y plantas ornamentales.

Y toda excursión necesita premiar el esfuerzo. Este premio es la comida para cambiar impresiones Y qué mejor que comer una olleta de blat (trigo) para alimentar el alma, el espíritu y el estómago en la Venta Benifato, en la población del mismo nombre, ó un arroz al horno en El Trestellador, en Benimantell.  Disfrutaran, se lo aseguro. Que aproveche.



Este artículo ha sido publicado con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Press

domingo, 29 de abril de 2018

Años y leguas





Años y leguas, sí. Uso este título por un momento y por una buena causa, ya verán. Aunque a muchos les vendrá en seguida a la memoria un libro con este título de ese escritor alicantino tan olvidado: Gabriel Miró. Recordarle es recordar su figura, sus escritos, su vida. Recordarle es acordarse de aquella Orihuela de sus estudios en los Jesuitas durante su infancia, sus soledades desde el campanario de Santo Domingo, sus paseos a la vera del río Segura,... En esta localidad le dieron su primer premio literario por una redacción escolar titulada “Un día de campo”.

Gabriel Miró, de regreso a Alicante por un problema de salud y sobre todo llamado por el rumor del mar, el clamor de las gaviotas, el corretear y jugar con sus amigos de aquí, dejó atrás cierta timidez y la inocencia de la infancia.

Gabriel Miró se refugiaba en sus escritos. Nunca el papel quedaba en blanco. Nunca la imaginación le dejó sin ideas. Era ponerse a escribir y el papel se llenaba de palabras que contaban muchas cosas. A veces pequeños detalles. Otras veces grandes motivos. Muchas, escenas de la vida cotidiana que le pasaban por delante o imaginaba que pasaban.

Se codeo con otros artistas alicantinos de otras disciplinas. Emilio Varela, cargado siempre con sus pinturas, cuartillas o lienzos en blanco que colorear con su arte. Oscar Esplá con sus partituras, tarareando sus nuevas composiciones. Germán Bernacer con sus teorías económicas, propuestas por doquier que abrumaban a todos.

Muchas primaveras, cuando el sol ya empezaba a apretar - Esplá, Varela, Bernacer y Miró - buscaban lugares frescos donde conversar durante sus tertulias. Muchas largas y profundas. Otras divertidas y lisonjeras. En una de esas, les hablaron de un pueblo y de un valle por donde corre un riachuelo que todos comparten nombre: Guadalest.

Y allí fueron un día, cada uno imaginando lo que podrían encontrarse. Ese valle les enamoró, cada uno a su manera. Y lo plasmaron en sus obras. Este descubrimiento lo convirtieron sin saberlo en parte de la aventura de su vida y en la de muchos otros que siguieron sus pasos.

Uno de sus discípulos de tertulia, mis abuelos. Después lo fueron de ellos mis padres quienes nos inculcaron a sus hijos el amor por este valle. Y así fue como hemos recorrido sus caminos y sus sendas, sus collados y sus veredas, sus montes y sus picos, los pueblecitos, las fuentes de sus manantiales, su embalse y, por supuesto, sus fogones. Hay que alimentar al alma, pero también al cuerpo.

Hace unas semanas, un lunes de Pascua, mi madre nos invitó a recorrer este valle. Y allí fuimos. No a lomos de burro o sentados en tartana como antaño sino en un vehículo a motor. Aún quedaban árboles, almendros y cerezos, que no dejaban mudar la flor de sus ramas. Y recorrimos sus caminos hoy asfaltados y los nuestros de la memoria llenos de recuerdos.

Polop, Guadalest, Benimantell, Beniardá, el embalse del mismo nombre que el valle,  ... Y comimos en el restaurante Tresteñador uno de los mejores arroces al horno de la provincia. El premio a un gran día en familia.

Gabriel Miró escribió “Años y leguas” influenciado por sus estancias en Polop y por recorrer este valle de Guadalest a los pies de la sierra Aitana.

Mi madre no quería ni quiere que pasen años y leguas sin volver a esta querida tierra. Y nosotros tampoco, por eso el título de este artículo que me ha hecho recordar, a su vez, al escritor alicantino Gabriel Miró que tan bién describió los lugares de este valle.



Este artículo ha sido escrito con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Press

martes, 11 de mayo de 2010

Emilio Varela y el triunfo del color

 

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Su timidez – ó quizá gracias a esta – no impidió que el pintor alicantino Emilio Valera inundara sus lienzos con los colores de las montañas, del mar, de calles estrechas, de campos floridos, de árboles frondosos. Le gustaba cargar con su caballete, sus pinceles, su paleta. Por caminos solitarios, por prolongadas veredas, por escarpados senderos. Junto a campos de olivos, de almendros en flor, de algarrobos. Cerca de caserones de labranza, de balsas de aguas dormidas, por la huerta alicantina. Entre callejuelas del casco antiguo de Alicante, del puerto, del Paseo de la Explanada. Bajo el castillo Santa Bárbara y su monte Benacantil. En los pueblecitos del valle de Guadalest, en el palmeral de Elche, en los pueblos costeros de Javea y Calpe. En tantos otros rincones donde Varela captaba con maestría el instante, el color, la luz.

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No le gustaba pintar sus cuadros si se sentía observado por extraños, por curiosos. Por esto, buscaba estar sólo, entre bancales, acompañado a veces de amigos y personas del lugar de su confianza que le podían informar de parajes, de sendas, de costumbres. Por esto, cuando pintó calles y plazas, paseos y edificios, el puerto, lo hizo desde altos puntos de observación: la terraza del Ateneo, la torre del reloj del Ayuntamiento, el estudio de Andreu Buforn situado en el Barrio Antiguo, …

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El ser tímido que llevaba dentro no le impidió rodearse de buenos amigos. Los hermanos Botella durante su infancia, con quienes jugaba a hacer teatro en el desván de su casa, pintando Varela los escenarios. Más tarde, le gustaba la privacidad de las tertulias, como la que tuvo en la trastienda de “La Decoradora”, en la calle Altamira, donde además de comprar lienzos y pinturas de la marca Cambridge y de participar en exposiciones, conversaba de arte con su propietario José Mingot Cremades y con su empleado Pepe Iñesta, ó como la que tenía en el taller del escayolista Ramón Ripoll en la calle San Francisco, a la que acudían, entre otros, el fotógrafo Ángel Custodio, quien un día llevó un número de la revista “La esfera” en cuyas páginas centrales había una gran fotografía de almendros en flor en Guadalest. A todos les despertó la curiosidad por tan bello paisaje y las ganas de visitar este pueblecito de la montaña, con su castillo escavado en la roca. La primera noche que pasó Varela cerca de Guadalest fue en la Fonda de Visenteta, en la calle Mayor de Benimantell, visitando este pueblecito y todos los del valle, además de su entorno.

P1030706panorámica del valle de Guadalest 

pP1030662plaza del pueblo ( Benimantell )

A Emilio Varela estos paisajes le causaron una extraordinaria impresión. Los visitaría en numerosas ocasiones y los pintó en multitud de lienzos. Con diversos tonos de luz y de color según el momento en que era pintado el cuadro. En sus caminatas, en sus excursiones campestres, le acompañaron buenos amigos de su ciudad natal como el compositor Oscar Esplá, el escritor Gabriel Miró, el economista Germán Bernacer, … Todos ellos compartían una sensibilidad especial por este paisaje que les unía, para contemplar los campos de secano escalonados en terrazas, las rojizas tierras labradas de las faldas de las montañas, los chopos cerca de los riachuelos, las pinceladas blancas, marfil y rosáceas de los almendros en flor en primavera, los verdes pinares, el rumor del agua de las fuentes de la sierra de Aitana, los pequeños rebaños de cabras que subían y bajaban por las laderas, … En esta tranquilidad, con este sosiego, se inspiraban sus conciencias, se alteraba su imaginación. Se aceleraban sus ansias de pintar, en el caso de Varela, de llenar el lienzo de colores donde la naturaleza era protagonista con sus diferentes tonalidades.

P1030657 valle de Guadalest

Varela no sólo es conocido por los bellos paisajes de estos terruños, de los campos de la Condomina, de los pueblos de la costa, sino también por sus bodegones y sus retratos. Cuando necesitó de la figura humana para plasmar sus sensaciones en un cuadro, su timidez le hizo recurrir muchas veces a sí mismo, por eso se conocen más de un centenar de autorretratos desde su época de adolescente hasta poco antes de su fallecimiento.

P1030667 Emilio Varela con cuarenta años

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autorretrato de Emilio Varela en su adolescencia

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autorretrato de Emilio Varela en 1951

En la obra de Emilio Varela descubrimos su facilidad para captar los tonos, el detalle de los colores, el instante de la naturaleza. En su fase aprendizaje, uno de sus maestros, el famoso pintor Joaquín Sorolla, ya le dijo al padre de Varela, cuando este le preguntó en el Hotel Samper de Alicante en el verano de 1905 si su discípulo progresaba en su Estudio de Madrid, que “demasiado”, que le “estaba robando el color”. Y esta facilidad de captar los colores de la naturaleza, de la ciudad, del mar, y plasmarlos con sencillez en sus cuadros, es su seña de identidad. Como lo es también que en sus paisajes y bodegones gustaba de realizarlos en una sola sesión. Disfrutaba tanto cuando pintaba que no dejaba de hacerlo hasta terminar el cuadro. La paleta en una mano, los pinceles en la otra. Estos los cogía muy cerca de las cerdas. Incluso sus dedos llenos de pintura llegaron a acariciar muchas veces el lienzo, recorriéndolo con tonalidades diferentes. Tal era su pasión, su deseo, su excitación, sus ganas de plasmar lo que corría por su mente, que llenaba el lienzo con emoción, sin descanso, hasta terminar la obra.

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Muchas de estas, algunas de colecciones particulares, podemos disfrutarlas en la Exposición que el Ayuntamiento de Alicante expone en la Sala de Exposiciones de la Lonja de Pescado hasta el 15 de mayo de 2010. Un verdadero homenaje a uno de los mejores pintores del siglo XX. Con esta importante exposición ha nacido un clamor popular entre la ciudadanía alicantina para reivindicar a Emilio Varela y su pintura. Una iniciativa ciudadana que está despertando voluntades para solicitar al Ayuntamiento un museo permanente de Emilio Varela. Protagonistas de esta iniciativa son Roche Cárcer, Rosa Monzón y Eduardo Lastres. Aunque no es una reivindicación nueva. En su libro “ Valera y su entorno. Notas para una biografía”, editado en 1979, José Bauzá manifestaba que “cuando su perfil de pintor no ha hecho más que agigantarse, …, nosotros continuamos negándole la atención y el respeto que su obra y el recuerdo de su persona merecen. No hemos habilitado un museo que custodie y conserve sus cuadros. No hemos escrito todavía su biografía definitiva, ni elaborado el catálogo completo de su obra. ¿Se nos ha ocurrido dedicarle un documental cinematográfico, un corto, que evoque su personalidad, su paso por la vida, y que nos permita, por lo menos, …, proyectar cada vez que lo deseemos una antología de sus telas y cartones?”. Hoy esta pregunta y esta petición y este deseo y esta inquietud, siguen abiertas. ¿Hasta cuándo?.

Obras consultadas:

“Varela y su entorno. Notas para una biografía”, de José Bauzá

“Emilio Varela, 1887-1951”. Catálogo de la Exposición “Centenario de Emilio Varela”, que en Noviembre-Diciembre de 1987, realizó la Caja de Ahorros de Alicante y Murcia.

Y ahora se pone a llover …

  Que espectáculo ver llover ayer en Alicante. Lo echábamos de menos. Me encanta ver llover desde mi ventana con el castillo Santa Bárbara a...

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