Desperté antes de que sonara el despertador. No sé si fue la emoción o ese presentimiento que uno tiene cuando sabe que el día va a ser especial. El mar estaba en calma como si también esperara nuestra salida.
Desde que embarqué, pensé en lo que significa navegar con los Rotary Mariners del Sureste de España. No es solo una actividad. Es una forma de compartir, servir, disfrutar, aprender… Todo a través de la amistad. Y hoy (por el pasado 1 de agosto), Tabarca es nuestro destino.
A media mañana, la isla apareció en el horizonte como un pequeño tesoro mediterráneo. El agua se volvió más clara, más luminosa, más viva. Las embarcaciones de los Mariners fueron llegando una a una.
Fondeamos cerca unos de otros, formando un pequeño barrio flotante. Desde cubierta, el sonido del agua acariciando suavemente el casco parecía marcar el ritmo de la convivencia.
El sol estaba alto
cuando empezaron las visitas entre barcos. Unos traían frutos del mar comprado unas horas antes en tierra en la península, otros compartían historias de
navegación, otros simplemente se acercaban para saludar y reír un rato. No
había prisa. No había agenda. Solo personas disfrutando de estar juntas.
En ese momento recordé algo esencial: esta Agrupación es una organización donde compartimos la pasión por navegar. Y eso se siente en cada gesto, en cada conversación, en cada mirada cómplice.
El agua estaba tan
transparente que parecía invitarte a bañarte sin pensarlo. Hubo chapuzones
espontáneos, snorkel, risas que se escuchaban desde varios barcos y ese sonido especial
que aparece cuando todos están disfrutando.
En el momento de la siesta, hubo tiempo para todo, fui un rato a proa, observando el horizonte. Pensé en cómo, desde 2012, esta Agrupación nacida en Alicante ha unido a tantas personas diferentes bajo un mismo espíritu: servicio a través de la amistad.
Cuando el sol
empezó a caer, el mar se volvió dorado. Las embarcaciones parecían flotar. Fue
entonces cuando sentí esa mezcla de gratitud y calma que solo aparece en días
especiales.
Miré alrededor
y vi a amigos, nuevos y de siempre, compartiendo un instante perfecto. Y
entendí que este encuentro no era solo navegación. Es comunidad. Es familia.
Es Rotary en su forma más pura.
La vuelta fue
tranquila. Cada uno llevaba consigo su propio recuerdo del día: una
conversación, una sonrisa, un baño, un abrazo, un momento de paz.
Atrás quedó la
isla de Tabarca, cada vez más pequeña allá a lo lejos, despidiéndonos por la
popa de nuestra embarcación.
Escribo estas líneas ya en tierra, con el olor del mar todavía en la ropa y la certeza de que días como este son los que dan sentido a todo.
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