Que espectáculo ver llover ayer en
Alicante. Lo echábamos de menos. Me encanta ver llover desde mi ventana con el
castillo Santa Bárbara al fondo, presidiendo mi horizonte. Y esa cortina de agua
cuando llueve con intensidad. Como ese burbujear del suelo cuando las gotas golpean
los chascos que ya se han producido.
Antes, los cielos oscureciendo
nuestro siempre azul de luz inmaculada tan característica de esta tierra. Los
rayos, los truenos, los relámpagos, antesala de la lluvia primero torrencial,
luego más moderada. Y todo suma para esta llamada al otoño, aunque aún no lo
sea y todavía haga mucho calor que parece que el verano no quiera marcharse.
Mientras llueve veo los peatones
protagonistas del paso de cebra en la avenida de la Estación cuando se pone
verde para ellos. El que corre porque no lleva paraguas. El otro más precavido,
porque estaban anunciadas estas lluvias, que camina deprisa con el suyo para
pasar al otro lado. La pareja de ancianos que lo cruzan despacio para no
resbalar, cogidos del brazo del otro, cada uno bajo su paraguas.
El tráfico se complica, se forman
colas. Pitos, prisas, nerviosismo. ¿Para qué coges el coche ahora cuando está
lloviendo? El que viene de lejos, pasa. El que lo acaba de coger, que no se
queje.
Parece que cuando amaina, llega el
caos. Un coche de policía local camino de la plaza de los Luceros con las luces
azules y la sirena puestas. Dos camiones de bomberos en dirección contraria
pasan al mismo tiempo con las suyas. Que follón. Y nadie, o casi nadie,
cediéndoles el paso que van de emergencia y con prisas.
Cuando la lluvia torrencial deja
paso solo a chispear, las luces se reflejan en los charcos creando una imagen
misteriosa. Los peatones caminan bajo sus paraguas, despacio, ya a nadie le ha
pillado por sorpresa.


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