sábado, 3 de octubre de 2026

Y ahora se pone a llover …

 


Que espectáculo ver llover ayer en Alicante. Lo echábamos de menos. Me encanta ver llover desde mi ventana con el castillo Santa Bárbara al fondo, presidiendo mi horizonte. Y esa cortina de agua cuando llueve con intensidad. Como ese burbujear del suelo cuando las gotas golpean los chascos que ya se han producido.


Antes, los cielos oscureciendo nuestro siempre azul de luz inmaculada tan característica de esta tierra. Los rayos, los truenos, los relámpagos, antesala de la lluvia primero torrencial, luego más moderada. Y todo suma para esta llamada al otoño, aunque aún no lo sea y todavía haga mucho calor que parece que el verano no quiera marcharse.


Mientras llueve veo los peatones protagonistas del paso de cebra en la avenida de la Estación cuando se pone verde para ellos. El que corre porque no lleva paraguas. El otro más precavido, porque estaban anunciadas estas lluvias, que camina deprisa con el suyo para pasar al otro lado. La pareja de ancianos que lo cruzan despacio para no resbalar, cogidos del brazo del otro, cada uno bajo su paraguas.


El tráfico se complica, se forman colas. Pitos, prisas, nerviosismo. ¿Para qué coges el coche ahora cuando está lloviendo? El que viene de lejos, pasa. El que lo acaba de coger, que no se queje.


Parece que cuando amaina, llega el caos. Un coche de policía local camino de la plaza de los Luceros con las luces azules y la sirena puestas. Dos camiones de bomberos en dirección contraria pasan al mismo tiempo con las suyas. Que follón. Y nadie, o casi nadie, cediéndoles el paso que van de emergencia y con prisas.




Cuando la lluvia torrencial deja paso solo a chispear, las luces se reflejan en los charcos creando una imagen misteriosa. Los peatones caminan bajo sus paraguas, despacio, ya a nadie le ha pillado por sorpresa.

Con un esparadrapo …

 


Hace unos días, en una comida de trabajo, un compañero que tenía enfrente llamó mi atención encarecidamente. Me dijo que sangraba mucho por una mano. ¿Sangraba?, ¿dónde?, ¿cómo?, ¿por qué? Fue lo primero que pensé en una asociación automática de preguntas. Lo mismo pensaron los que tenía sentados a izquierda y derecha.


Efectivamente.  Mi dedo menique de la mano derecha sangraba mucho. Enseguida eché mano de la servilleta. Era de tela, menos mal. Me gustan que sean de tela, habituados como estamos que en muchos restaurantes sean de papel. El mantel también era de tela, bien por el jefe de sala o dueño del restaurante. Una compañera me sugirió mojar la servilleta con agua y apretar en la herida. Y eso hice.


El agua siempre milagrosa. Lo habrá visto en el cine, o en alguna de las series de cualquier plataforma sea movistar, amazon prime, …. Da igual, una. Cuando pasa algo malo al protagonista, sea un disgusto gordo, o una desgracia, le invitan a que beba agua. En esta ocasión era para lavar la herida. Y, de paso, si me agobiaba, me ofrecieron a beber con mi vaso que, seguro, me vendría bien.


Sin proponérmelo, fue el centro de atención. De sorpresa. De cachondeo. Que todo tiene que ver. Ya saben eso que dicen que es bueno que hablen de uno, aunque sea mal, sino no existes. La herida no era grave, solo aparatoso. Sangrar siempre llama la atención, la sangre es alarmista por sí sola.


¿Cuál fue la causa? Nos dieron a cada comensal un aperitivo de pulpo – muy bueno, por cierto – que estaba dentro de una lata. La culpable supusimos que era esa lata. Eso sí, me advirtieron en el restaurante que era de aluminio, no me haría falta ponerme la antitetánica en un hospital ... Menudo lío para tan poco. 


De repente vino la dueña con algodón, agua oxigenada y un espray a modo de mercromina o similar para cicatrizar la herida. Y un esparadrapo que enseguida rodeó mi dedo y quedó fijo con fuerza para cortar la hemorragia. Y lo consiguió.


Mira por donde que asociando ideas me vino a la cabeza esa escena del Capitán Haddock, compañero inseparable de Tintín, cuando se le pegó un esparadrapo en un dedo y para desprenderse de él movió la mano con rapidez consiguiendo primero que se soltara de ese dedo, pero pegándose en otro, para después saltar a otro pasajero del avión donde viajaban en ese momento que, al hacer lo mismo moviendo la mano con fuerza, saltaba de nuevo a los dedos del Capitán Haddock. Este, enfadado decía aquellos “rayos, relámpagos, …” y otras expresiones inentendibles que Hergé se inventó y ponía en su boca. Esta escena graciosa ocurrió en el comic publicado con el título “El efecto Tornasol”.


La escena de ese cómic nada tenía que ver con lo que me había pasado a mi, salvo el protagonismo del esparadrapo, pero acordarse de una de las lecturas de mi adolescencia así, nunca está de más. Pues eso.

 

Y ahora se pone a llover …

  Que espectáculo ver llover ayer en Alicante. Lo echábamos de menos. Me encanta ver llover desde mi ventana con el castillo Santa Bárbara a...

entradas populares