Hace unos días, en una comida de
trabajo, un compañero que tenía enfrente llamó mi atención encarecidamente. Me
dijo que sangraba mucho por una mano. ¿Sangraba?, ¿dónde?, ¿cómo?, ¿por qué?
Fue lo primero que pensé en una asociación automática de preguntas. Lo mismo
pensaron los que tenía sentados a izquierda y derecha.
Efectivamente. Mi dedo menique de la mano derecha sangraba
mucho. Enseguida eché mano de la servilleta. Era de tela, menos mal. Me gustan
que sean de tela, habituados como estamos que en muchos restaurantes sean de papel.
El mantel también era de tela, bien por el jefe de sala o dueño del
restaurante. Una compañera me sugirió mojar la servilleta con agua y apretar en
la herida. Y eso hice.
El agua siempre milagrosa. Lo
habrá visto en el cine, o en alguna de las series de cualquier plataforma sea
movistar, amazon prime, …. Da igual, una. Cuando pasa algo malo al
protagonista, sea un disgusto gordo, o una desgracia, le invitan a que beba agua.
En esta ocasión era para lavar la herida. Y, de paso, si me agobiaba, me
ofrecieron a beber con mi vaso que, seguro, me vendría bien.
Sin proponérmelo, fue el centro
de atención. De sorpresa. De cachondeo. Que todo tiene que ver. Ya saben eso que dicen que es bueno que hablen de uno, aunque sea mal, sino no existes. La herida no era grave,
solo aparatoso. Sangrar siempre llama la atención, la sangre es alarmista por
sí sola.
¿Cuál fue la causa? Nos dieron a
cada comensal un aperitivo de pulpo – muy bueno, por cierto – que estaba dentro
de una lata. La culpable supusimos que era esa lata. Eso sí, me advirtieron en el restaurante que era de aluminio, no me haría falta ponerme la antitetánica en un hospital ... Menudo lío para tan poco.
De repente vino la dueña con
algodón, agua oxigenada y un espray a modo de mercromina o similar para
cicatrizar la herida. Y un esparadrapo que enseguida rodeó mi dedo y quedó fijo
con fuerza para cortar la hemorragia. Y lo consiguió.
Mira por donde que asociando
ideas me vino a la cabeza esa escena del Capitán Haddock, compañero inseparable
de Tintín, cuando se le pegó un esparadrapo en un dedo y para desprenderse de
él movió la mano con rapidez consiguiendo primero que se soltara de ese dedo,
pero pegándose en otro, para después saltar a otro pasajero del avión donde
viajaban en ese momento que, al hacer lo mismo moviendo la mano con fuerza, saltaba de nuevo a los dedos del Capitán Haddock. Este, enfadado decía aquellos “rayos,
relámpagos, …” y otras expresiones inentendibles que Hergé se inventó y ponía
en su boca. Esta escena graciosa ocurrió en el comic publicado con el título “El efecto
Tornasol”.
La escena de ese cómic nada tenía que ver con lo que me había pasado a mi, salvo el protagonismo del esparadrapo, pero acordarse de una de las lecturas de mi adolescencia así, nunca está de más. Pues eso.

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