Un lugar de encuentro muy
popular por aquel entonces es el origen de mi primera crónica en esta Hoja del
Lunes. Una extraordinaria oportunidad de hacer unas de las cosas que más me
gusta: escribir. Y hacerlo, además, en este periódico es un regalo.
Le invito a que me acompañe para
ser espectador de este relato, incluso imagine ser testigo de esta escena como
si fuera alguno de sus actores.
Por algún lugar tenía que
empezar y he elegido uno que me hizo gracia cuando lo leí por primera vez, me
dije que alguna vez lo contaría a mi manera. Es uno de esos acontecimientos que
tiene que ver con la vida cotidiana, esa que tanto me gusta contar.
El protagonista de mi relato
tiene nombre, se llamaba Paco Paterna. El lugar de encuentro era La Bodega La
Montañeta situada en la calle Pascual Pérez, fundada por Francisco Cabrera. Por
allí pasaban muchas cosas, alguna se la voy a contar que tiene su enjundia y su
gracia.
En esta taberna muchos iban a
echar la partida, comentar los acontecimientos locales y susurrar los
nacionales con la cautela que merecía que las paredes oían y no era sitio para
complicarse la vida.
Militares, políticos,
funcionarios, policías, empresarios, los de la Fiscalía de Tasas, …, eran sus
principales clientes. Todo el que quería dedicar un rato al ocio y la tertulia
con una copa de vino cerca, o de lo que fuera, aquél era su sitio. Lo
importante era pasar el rato, divertirse y no molestar a nadie. Aunque esta
consigna no escrita no la cumplieron todos como verá más adelante.
Era la España de medidos del
siglo XX donde aún había miedo de represión y de venganza si había todavía alguien
que podía reprocharte algo de los años treinta por lo que, por si acaso, era
mejor no dar que hablar. Allí iban a jugar al mus o al dominó, comentar el
partido de fútbol del domingo y poco más. Los funcionarios y los militares se
atrevían a mucho más, eran más avispados en sus comentarios e insinuaciones,
quizá porque estaban más cerca del poder …
Estratégicamente situada
cerca de las casas militares que se construyeron en los años cuarenta, la
Comisaría de policía, la Jefatura de Tráfico situada en los bajos del Gobierno
Civil, La Bodega La Montañeta era un hervidero en las horas punta.
Por las mesas corría el vino
clarete y la cerveza fría, las quisquillas, el pescadito frito, los calamares a
la romana, sepia a la plancha, un tomate trinchado coronado por una anchoa bien
hermosa., … No podía faltar el jamón serrano de la sierra turolense. Y el pan
recién hecho de un horno cercano. Sólo
imaginármelo, se me hace la boca agua, ¿a usted no?
Entre los asistentes
cotidianos, una persona destacaba porque tenía horario fijo, siempre aparecía
por allí a las 22:10 h, no fallaba nunca, hasta que no tuvo más remedio, ya
verá.
Paco Paterna iba siempre
vestido de punta en blanco con un traje de raya diplomática fuera de color gris
o azul. Lo mucho que tenía de elegante, lo tenía de callado. Cuando llegaba a
la barra, se arrimaba a ella como podía abriéndose hueco con los codos si hacía
falta entre los parroquianos que allí había como reivindicando que tenía más
derecho que los demás porque era cliente fijo.
Menudo, moreno, de tez
morena, calvo quizá por el estrés de regentar su garaje abierto al público
cerca del paseo Canalejas, solo ponerle el tintorro delante el camarero le
animaba a que lo acompañara con alguna de sus viandas más típicas y le
preguntaba “¿unos pescaditos señor Paterna?” y este le miraba con rencor como
si le hubiera insultado y le contestaba airoso “¿Pescao, Pescao, tu me has
visto a mí cara de tonto?, idiota, eso es pa los gatos. A mi dame jamón, que no
tie espinas”. Pero el camarero no se daba por vencido y le decía “¿un tomatito,
señor Paterna?” y este le contestaba aún más cabreado “¿tomate, tomate?, eso es
para los grillos, ¿me has visto a mí cara de grillo?, ¡tú si que estás hecho un
tomate!, a mí dame jamón, que no tie espinas”. El camarero insistía con
lechuga, con cacahuetes, … Y el Sr Paterna insistía que no, que el quería jamón,
que no tie espinas.
Y así terminaba el camarero vencido
ante la evidencia. Eso sí le rellenaba el vaso de vino las veces que fuera
menester, tanto que el Sr Paterna iba siempre al aseo antes de irse a su casa.
En uno de esos trasiegos, un
parroquiano le hizo una broma. Mientras estaba en el aseo orinando, le echo sal
en su vaso. Mucha sal. Cuando volvió y bebió no tuvo más remedio que escupir lo
que había bebido. Después de hacerlo se puso furioso y gritó mirándolos a
todos, preguntándoles quien había sido. Se puso tan violento que los
parroquianos delataron al culpable. Antes de que le echara la mano encima y le
diera una buena paliza, echó a correr saliendo del establecimiento abriéndose
paso entre los que allí estaban y le cortaban el paso.
Paco Paterna juró recuperar
su honor mancillado y no volver a La Montañeta hasta encontrar a su agresor y
darle su merecido. Taurino como era él no permitió esta estocada, por mucho que
fuera una broma. Recorrió todos los bares y tabernas que conocía hasta que dio
con ese fulano al que no le dejó decir esta boca es mía, le dio tal puñetazo en
la cara que lo derribó al suelo y no siguió golpeándole porque los allí
presentes se lo impidieron. Cuando el Sr Paterna volvió a La Montañeta
victorioso ya se había corrido la voz de su venganza y nadie se atrevió nunca
más a burlarse de sus horarios, sus costumbres y su silencio.
Supe de Paco Paterna hace
unos años gracias al artículo de Tirso Marín que publicó en su libro “Historia
secreta de la hostelería alicantina”. Me gustó y hoy lo recupero del olvido.
Me estreno en la Hoja del Lunes con esta crónica, se publicó en este periódico el 16 febrero de 2026

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