Uno de los barrios más
llamativos de la fachada marítima de Alicante es el protagonista hoy de estas
líneas. Por allí pasaron muchas cosas, eso sí desde la humildad del que no se
considera importante cuando echa la vista atrás y ve acontecimientos que nadie
más puede contar de su barriada en la capital alicantina. Me refiero al Raval
Roig.
El escritor Manuel Martínez
López lo describe como un “barrio de judíos, de moros, de frailes y de
pescadores, porque estos últimos no podían someterse al horario de apertura y
cierre de las puertas de la ciudad amurallada”. Este barrio estaba extramuros
de la ciudad antigua.
En casi todos los arrabales
las órdenes religiosas campaban a sus anchas. Se establecían en pequeños
caseríos y ermitas menudas desde donde evangelizaban a sus fieles con la
palabra de Dios.
Por su parte, a Alicante
vinieron por mar los famosos monjes guerreros recién conquistada la ciudad (S.
XIII): los Templarios.
Ya le he presentado, sin
hacerlo, los actores de esta trama. Como si fuera una novela, una película o
una obra de teatro. Ya vera, decida usted mismo que género usaría para
describirlo.
Conocemos mucho de los
Caballeros de la Orden del Temple gracias al séptimo arte, y a la literatura.
Ríos de tinta han narrado su historia y sus peripecias. En esta ocasión vinieron
desde Mallorca. Edificaron una ermita desde donde orar a Dios y reunirse con la
comunidad. Era – porque ya no existe - pequeña y bien defendida -, dedicada a
San Sebastián, soldado romano martirizado que a pesar de ser torturado no quiso
renegar de su fe cristiana. Una persona de fuertes convicciones y principios
que los defendió hasta el final por encima de todo. Su ejemplo caló entre los
alicantinos de entonces hasta hacerlo copatrono de la ciudad, nada menos.
Los Templarios se trajeron
con ellos una imagen de la Virgen de Lluch dentro de un relicario de bronce. De ella dejó escrito el Cronista Viravens que
“es una pintura que si no la recomienda su mérito artístico debemos tenerla en
mucha estima por ser otra de las pocas joyas que poseemos de la antigüedad”. Cuánta
razón manifiesta en este comentario. “La Virgen está pintada en un lienzo que
mide una longitud de 44 centímetros por 56 de latitud, viste una túnica blanca
con rayas oscuras, adorna su cuello una gorguera, y la cabeza está ceñida con
una corona ducal, luciendo estas mismas vestiduras el niño-Dios que tiene en
sus brazos”, sigue diciendo Viravens en su crónica de 1876, tan conocida y
consultada.
A pesar de que esta imagen
era muy poco agraciada, según cuenta el cronista, fue veneraba por el pueblo
con gran devoción. Tanto que San Sebastián quedó relegado en esta ermita por la
Virgen de Lluch. Incluso la ermita pasó a llamarse con el nombre de esta
Virgen. Los fieles así lo quisieron, el vecindario lo consintió y los monjes se
dejaron llevar por la corriente, habían sido ellos quienes habían traído esta
pequeña imagen.
La devoción hacia la Virgen
de Lluch continuó de forma inquebrantable por los ciudadanos alicantinos pero
sus protectores tuvieron que dejar a otros la responsabilidad de protegerla.
Los Caballeros Templarios envueltos en pleitos con reyes y con la iglesia, se
vieron en la necesidad de marcharse. Esto fue aprovechado por los Padres
Agustinos. Así, en 1585 tomaron posesión de la ermita y le cambiaron el nombre
y la devoción por el de la Virgen del Socorro.
El Cronista Vidal Tur
describe este barrio. Además de pescadores “con aires de mar” y con redes
constantemente en el suelo, dice que tiene “calles estrechas, desconchadas y
húmedas, que trepan ayudándose de escalones y rampas, para llegar hasta ella
(calle de la Virgen de Lluch) y, sobre la misma, a lo largo de su fondo, inmediatas
laderas del Benacantil, matizadas con el verde de sus pinos”. Así queda dicho.
Esta crónica fue publicada con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Plaza el 20 de mayo de 2024 con el título "¿Sabe que en Alicante hubo una ermita de los Caballeros Templarios?".
No hay comentarios:
Publicar un comentario