Quien sube hoy
a la sierra de la Torreta quizá no imagine que, hace más de seis siglos, allí arriba se jugaba algo mucho
más serio que una simple vista panorámica. En lo alto de la antigua sierra del
Portitxol se levantaba una torre vigía que, aunque hoy nos parezca humilde, fue
durante siglos un punto clave para la seguridad del territorio.
La Torreta,
declarada Bien de Interés Cultural, es una construcción de tapial
calicostrado con planta cuadrada de apenas 4,7 metros por lado. Cuando los
arqueólogos excavaron la zona en 2003 y 2004, comprobaron que solo quedaban en
pie 2,41 metros de altura, además de cuatro estancias anexas al norte de las que no quedaba casi nada.
Aun así, la
torre había sido más alta. Las fotografías tomadas entre 1958 y 1971 mostraban
seis tapiales de casi un metro cada uno. Con esa referencia, en 2011 se
restauró hasta los 6 metros actuales. Aunque en su
época de esplendor debió ser bastante más elevada, como otras torres
defensivas de dimensiones similares.
Para entender
por qué esta torre era tan importante, hay que situarse en el siglo XIV. Tras
la Guerra de los Dos Pedros (1356-1370), esta zona se convirtió en un
espacio especialmente delicado: frontera viva entre los reinos de Aragón y
Castilla, y expuesta a incursiones musulmanas procedentes del reino nazarí de
Granada.
La torre de la sierra del Portitxol era un punto estratégico. Tanto,
que el 15 de diciembre de 1386 el rey Pedro IV el Ceremonioso, a
petición de Sibila de Fortià, señora de Elda, ordenó crear un servicio
de vigilancia y aduana en la torre. Dos hombres debían custodiar el paso,
financiados con un pequeño peaje que pagaban viajeros y animales de carga.
Su misión era
clara: garantizar la seguridad del camino entre Elda (Aragón) y Sax
(Castilla), además de controlar de forma secundaria la ruta de la Noguera
hacia Petrer.
La torre
siguió activa durante el final de la Edad Media y, al menos, hasta comienzos
del siglo XVII. Más tarde, vuelve a aparecer mencionada durante la Guerra de
Sucesión (siglo XVIII), y es muy probable que se utilizara de forma puntual
en la Guerra de la Independencia y quizá también en las Guerras
Carlistas del siglo XIX.
Después, como
tantas otras construcciones defensivas, quedó abandonada por falta de uso. El
tiempo, el clima y el olvido hicieron el resto.
La Torreta no
es solo una torre. Es un recordatorio de que este territorio fue frontera,
cruce de caminos, escenario de tensiones y también de convivencia. Es un vestigio de la identidad de Elda.
Subir hasta
ella es, en cierto modo, mirar la historia desde el mismo punto donde la
miraban quienes la defendieron. Y eso, en un mundo que va tan deprisa,
tiene un valor enorme.
Desde sus
muros se ve el castillo de Sax, el de Petrer y el Condal de Elda, todos
comunicados por el fuego de antorchas y hogueras, y por el de la pasión por defender
lo suyo.
Fuimos a visitarla mi mujer, mi hijo y yo en un día muy ventoso y frío, en una de nuestras aventuras dominicales. Después entramos en calor en el Molino de la Reja en Petrer con un arroz con conejo y caracoles típico de la zona. Felicitamos a la cocinera, estaba exquisito. Pero antes caminamos por los alrededores al restaurante cerca de su barranco colindante por donde a veces corren las aguas de un riachuelo que busca más abajo el río Vinalopó.
Cómo llegar al denominado Mirador de la Torreta de Elda








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