miércoles, 31 de enero de 2018

valores de éxito en OT




Un fenómeno televisivo llama mi atención y eso que yo la tele la veo lo justo: telediarios, alguna película, el canal de música clásica y poco más. Pero me invitaron a verlo y eso hice. Ya me dirán con su lectura si comparten conmigo lo que seguidamente les cuento del tema de hoy que, por cierto, levanta pasiones.

Este fenómeno es un concurso televisivo de gran audiencia en el que diversos jóvenes compiten con su canto y su puesta en escena, destacando, además, los valores que han desarrollado durante la competición.

Se puede decir que este programa tiene de todo. Desde el principio se escucha una banda sonora motivadora que conecta pronto con el espectador; tiene un presentador que se maneja bien por el escenario; un desarrollo ágil; con una exigencia y un nivel de dificultad alto para los concursantes que les condiciona en el aprendizaje y en su resultado para poder permanecer en el concurso;  estos se esfuerzan en ser los mejores para el jurado y, posteriormente, para el público; provoca que el espectador pueda participar desde casa, se involucre, sea parte, votando la permanencia de los participantes; y estos conviven bajo el mismo techo en la Academia como lugar de formación y de convivencia. Operación Triunfo tiene todo esto, aunque en cada edición la magia del programa lo ponen sus concursantes.

OT fomenta valores, desarrolla talento, ofrece un entretenimiento positivo para generar la máxima audiencia posible, dando una formación en la Academia a los concursantes desde la igualdad. Un programa que se olvida del reality para centrarse en el aprendizaje de estos jóvenes que se empapan de todo con rapidez desde la humildad y el empeño.

Todo esto ayuda a que cuando en un concurso como este que provoca la rivalidad, despierta el liderazgo de cada concursante, encuentran la competitividad para llegar a la meta en la que sólo gana uno, lo que vemos a través de la tele es que no son rivales, son compañeros; compiten pero sin pisar al otro porque se han hecho amigos; triunfan pero con la tristeza del que pierde a un amigo por la marcha del que se va del concurso, con la solidaridad en su desdicha prometiéndole amistad eterna; y desarrollan su tarea desde la tolerancia sin bandos, todos juntos, con la permanente nostalgia del que ya no está en la competición. ¿Quién dijo que la Juventud española había perdido los valores básicos de convivencia?.

Disfrutan de la música y de la danza. Y componen, compartiendo en cada momento lo que hacen. Incluso investigan con esa melodía ó con aquella, con ese tono ó con este otro, porque “la música da nombre a lo innombrable y comunica lo desconocido”, como dijo Leonard Bernstein, hasta emocionarse.

Agoney, Aitana, Alfred, Amaia, Ana, Joao, Juan Antonio, Cepeda, Marina, Mario, Mireya, Mimi, Miriam, Nerea, Raúl, Ricky, Roi y Thalía son sus nombres. Estos jóvenes generan, sin querer, una lección de humanidad desde su naturalidad y su autenticidad. Y son felices.

Un día le pidieron a John Lennon en la escuela que dijera que quería ser cuando fuese grande y contestó “feliz” y cuando le dijeron que no había entendido la pregunta Lennon dijo “vosotros no entendéis la vida”.

Ya ven, OT es un concurso donde destacan los valores de unos jóvenes que ha provocado el éxito rotundo de esta edición que está cerca de terminar, proyectando un gran porvenir en la música para algunos de sus concursantes. Como se dice a los artistas, “mucha mierda”, mucha suerte.


Este artículo lo escribí con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Press.

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