la flota de la Volvo Oceane Race llega a Río de Janeiro

Es fácil imaginar la cara de sorpresa que pusieron los conquistadores portugueses cuando llegaron por primera vez a la bahía de Río de Janeiro. Aunque fuesen hombres rudos y aguerridos. Aunque se tratase de ambiciosos aventureros. Aunque estuviesen hambrientos de encontrar grandes riquezas en estas tierras. La cara de admiración por esta costa, por estas playas, por este paisaje, les dejaría huella.

Aún hoy ocurre esto a pesar de los rascacielos que escalan el cielo a los pies de la arena. A pesar de estar tan edificado. A pesar de ser una de las ciudades más pobladas de Hispanoamérica.


El Pan de Azúcar. Los indígenas llamaban Pau-nd-Acuqua a esta mole de granito macizo que se eleva a la entrada de la bahía de Guanabara. A los portugueses les sonó Pao de Açúcar, de ahí su nombre. Diversos senderos suben a la cima. También, en teleférico. Se instaló por primera vez en 1912. Fue sustituido por otro, panorámico, más rápido y moderno, en 1972. Se sube en dos tramos de 3 minutos cada uno. Primero hasta el llamado Morro da Urca. Después, hasta la cima. Desde sus ventanales las vistas son impresionantes. Ahí arriba, colgados de un cable de acero. A vista de pájaro. En ambas paradas, multitud de balcones panorámicos. Desde esta altura vemos una amplia extensión de tierra. Y de mar, que se pierde en el horizonte. Al oeste se extienden las playas de Leme, Copacabana, Ipanema y Leblon. Debajo de nosotros, hacia el centro de la ciudad, Botafogo y Flamengo. Y, detrás, el Cristo del Corcovado. Al norte, el gran puente que cruza la bahía y une Río de Janeiro con la ciudad de Niteroi. Esté el cielo despejado, con niebla ó cubierto, las vistas son de extraordinaria belleza.





El Cristo redentor, en lo alto de la montaña del Corcovado. Subimos en un tren tranvía, inaugurado hace más de cien años por el Emperador Don Pedro II. Escala por la vía entre una gran vegetación por medio del Parque Natural de Tijuca, pulmón de la ciudad. El Cristo se alza hacia el cielo, abriendo sus manos al mundo en un abrazo universal.




Después de 12.550 millas náuticas, unos 23.260 kilómetros, entre Quingdao (China) y Río de Janeiro (Brasil). De recorrer tormentas. De saltar por encima de las olas. De doblar el Cabo de Hornos. La flota de la Volvo Oceane Race llegó a la meta de la Marina da Gloria. El español Telefónica Azul, de Iker Martínez, llegó a puerto el domingo pasado, tras una difícil travesía de 43 días. En las últimas 25 millas del recorrido navegó contracorriente por la ausencia de vientos y las corrientes marinas contrarias. Unas diez horas antes llegó el chino-irlandés Green Dragon de Ian Walter.

El Telefónica Azúl consiguió un quinto lugar, sumar cuatro puntos y tener 50,5 en la clasificación general en la que ocupa el tercer lugar. La tabla está encabezada por el sueco Ericsson 4 con 63,5 puntos, seguido por el estadounidense Puma con 53.

















Con la llegada del Telefónica Azul ya están en Río de Janeiro todos los barcos que compiten en esta prueba oceánica ya que los otros tres (el español Telefónica Negro, el holandés Delta Lloyd y el Team Russia) no hicieron la etapa.

Después del merecido descanso de las tripulaciones, las reparaciones de los barcos y el avituallamiento, las embarcaciones competirán el próximo sábado en la regata in port en la bahía de Guanabara. El 11 de abril tomarán la salida de la sexta etapa entre Río de Janeiro y Boston (EEUU).
fotos de los barcos de la Volvo Oceane Race tomadas de www.masmar.net/
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