lunes, 10 de noviembre de 2008

Salinas de Imón y su Hospedería

Entre Sigüenza y Atienza, por una estrecha carretera, llegamos al pequeño caserío de Imón. Este encantador pueblecillo es conocido desde hace siglos por sus Salinas. Ahora, también, por su Hostelería rural y sus rincones.

Los romanos fueron los primeros en explotar las Salinas de Imón, las más alejadas de la costa. Del siglo XII se conserva un importante documento en el que se narra cuando en 1.137 estas salinas se declararon propiedad real por el rey Alfonso VII. Durante siglos fueron las más productivas de España, siendo la mayor fuente de ingresos de este pueblo. Miles de quintales de sal se extraían al año por el sistema de la evaporación de las aguas con el contacto con los rayos del sol. Fue otro rey, Carlos III, quien impulsó, motivó y realizó diversas reformas con una nueva red de artesas, canales, caminos, almacenes, mejorando su explotación. En años normales podían cargarse unas cuatro mil toneladas de sal. Sin embargo, desde finales del siglo pasado, se dejó la explotación por falta del rendimiento suficiente para su mantenimiento. Con el cierre de las salinas se produjo el descenso de la población. En su época de mayor esplendor Imón tuvo más de 1.500 habitantes. Descendió a principios del siglo XX a 420 persona y en la actualidad viven unas 30.

Junto a las salinas creció un caserío. Imón. De él hoy destaca su iglesia renacentista del siglo XVI en lo alto del pueblo y la Casa del Administrador de las salinas en la entrada del caserío. Antes fue convento y el rey Carlos III lo reformó para convertirlo en sede de la administración de las salinas y Casa del Administrador. Desde el siglo XVIII hasta 1989 se usó para esta función, salvo los años de la guerra civil española de 1936-1939 que sirvió de cuartel a las tropas alemanas.


Este caserón señorial de gruesos muros de piedra fue transformado en Hospedería. Al haber almacenado sal en la parte baja de la casa impidió la acumulación de humedad y salvó las vigas de madera. Las reformas se hicieron con sumo cuidado. Y el resultado es un hotel de encanto donde te olvidas del paso del tiempo, donde encuentras sosiego en sus silenciosos salones al calor del fuego de la chimenea con un libro entre las manos de sus librerías. Estancias con su estructura original, con antiguos muebles isabelinos, con piezas de art decó, falsos estucos, cuadros, grabados. Las habitaciones son amplias y cada una de un estilo. Destacan la suite, la habitación donde durmió Carlos III cuando visitó las salinas. China, con un ambiente oriental. El Palomar, en una de las torres. Y unas abuhardilladas, como la nuestra. Desde la ventana, colores de otoño tintan el horizonte de oro con sus hojas. Un amplio jardín con piscina para relajarse durante los días de verano.





En los alrededores, pequeños pueblos. Más que pueblos, caseríos. Unos buitres que anidan en lo alto de un cerro rocoso y de difícil acceso. Y pequeños riachuelos que dibujan el paisaje.

2 comentarios:

RosaMaría dijo...

En realidad bien lo pone: paisaje rural de encanto. Precioso

Anónimo dijo...

Un lugar para perderse. Extraordinario.

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