Aguilas marinera

Con las primeras luces del día, cuando el sol empieza a escalar el horizonte, los primeros pescadores van llegando al puerto. Pescadores de bajura. Y de pesca deportiva. Antes de salir a la mar, es paso obligado calentar el cuerpo con un café y una copa en el Café-Bar La Gaviota. Miradas somnolientas. Hablan del tiempo que va a hacer, del estado de la mar. Y de la crisis, que está en boca de todos porque preocupa. Pero la necesidad de trabajar para unos, el deporte náutico para otros, hace olvidar los problemas mundanos. En el amplio mar no caben distracciones.

Pueblo al sur de la Región de Murcia, colindando con la costa norte de Almería. Bella localidad, con una larga fachada marítima de 35 kilómetros. En la Costa Cálida. ¡Aguilas!. Fue haciendo su tradición marinera desde época de los romanos como puerto de pescadores. Más tarde, como puerto de recepción y salida de mercancías, sobre todo en los años del siglo XVIII. Desde sus muelles partieron barcos con esparto y barrilla en sus bodegas. Un siglo después fue un importante enclave minero. De él queda el embarcadero del Hornillo desde el que se cargaban hierro, plomo y plata procedentes de explotaciones mineras de los alrededores. Pero es su fachada marítima y sus fondos marinos la que la hacen más guapa a los ojos de sus visitantes. Rocas escarpadas que se acercan desnudas a la orilla. Pequeñas islas solitarias pobladas por gaviotas. Calas y playas de aguas cristalinas, admiradas desde el mar, disfrutadas desde la costa. En La Higuerita, en La Carolina ó en Calabardina. Extensas playas donde dejar correr el tiempo mientras te acaricia la brisa marina, como la playa urbana de Las Delicias. Con excelentes fondos rocosos donde disfrutar del submarinismo, sobre todo en la Isla del Fraile y en la zona del Peñón del Cabo Cope.


Caminado por la orilla de la playa de las Delicias veo a lo lejos el puerto y el castillo. Puerto deportivo que se inaguró en 1981, divulgando la afición por el mar, por las regatas a vela, por la pesca deportiva. El castillo de San Juan de las Aguilas, construido en 1579 en lo alto de la atalaya con fines defensivos, domina la bahía. A sus pies un curioso faro, alto y estirado, pintado con franjas negras y blancas, funciona desde mediados del siglo XIX. El puerto pesquero y un pequeño astillero. Y el pueblo. Casas apiñadas que se asoman al mar. Por encima de las azoteas y los tejados, unos molinos de grano en desuso, restaurados, que mueven sus aspas con la brisa marina. A mi espalda, la peña de la Aguilica, que protege a esta playa de los vientos de levante. Y a las gaviotas que se balancean con las olas después de su pesca sobre un banco de peces. Dejándose llevar volando con el tímido aire marino de esta mañana, por encima de nuestras cabezas.






Es en el Bar La Gaviota donde buscamos esos frutos del mar que emborrachan las cazuelas con sus olores. Esos efluvios marineros, los que alimentan nuestras emociones para disfrutar de un buen plato arrocero. Ha sido Javier Muñoz quien ha elegido este lugar para comer. Una buena elección. Junto a maquetas de barcos de pesca, bajo faroles marineros. Entre manos expertas que cocinan con cariño los frutos del mar para servirlos en nuestro plato. Con calidad. Como no podía ser de otra manera estando donde estamos. Antonio Gil, propietario de este bar y presidente de la Asociación Náutica Pesquera San Juan de las Aguilas, aficionado a la mar, selecciona con esmero lo que será el contenido de sus ollas. Javier elige Arroz Ciego . “¿Arroz Ciego?”, le pregunto. “Ciego es como nos vamos a poner cuando probemos lo bueno que está”, me dice sonriendo. Y me lo explica. “Lo llaman así porque está todo pelado”. Le cuento que en mi tierra, Alicante, a este arroz meloso lo llamamos “del señoret” (del señorito) por razones obvias. Bueno de verdad, para pregonarlo, para contarlo allende los mares.


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