lunes, 28 de julio de 2008

La ermita de la Playa de Poniente, en Benidorm

Alejada del bullicio. Del ir y del venir continuo de los paseantes. Lejos de la aglomeración de tiendas y establecimientos de restauración. Con una playa de arena fina y aguas cristalinas. Con la isla como testigo. Con el mar como mensajero. Historias nuevas, historias viejas, que se narran desde esta tranquila playa. La Playa de Poniente.

Menos visitada que la Playa de Levante, la de Poniente es más tranquila. Sin desmerecer una de la otra. Su costa y su litoral. Su paisaje. Su geografía. Las gentes que la visitan. El mar que baña sus orillas. Su entorno, que aún se salva del urbanismo salvaje. En su extremo occidental, el Tossal de la Cala, una Ermita y un Mirador, se recortan sobre el Mediterráneo.




Mi amigo Javier Fiol me enseña este poco conocido rincón de Benidorm. Tossal donde vivieron los íberos en los años de los siglos III-I a. C. Este asentamiento íbero fue declarado Bien de Interés Cultural en 1984 para preservar lo que quedaba de la presión urbanística. Lugar que comparte espacio con una pequeña ermita. De la Virgen del Mar. Virgen y niño Jesús, velan por los navegantes. Mirador desde el que se domina toda la costa de Benidorm. Desde el que se tiene más cerca su isla. Desde el que se disfruta de extraordinarias vistas del litoral, de la ciudad, de las montañas. Las sierra Helada. La de Bernia. El Puig Campana. Proa al horizonte, donde bailan al viento las gaviotas.







Para recuperarnos de los calores de hoy, Javier me lleva a Barranco Playa. Yo me dejo guiar por mano experta porque donde hay patrón no manda marinero. Un extraordinario restaurante entre apartamentos. Su entorno no desmerece su cocina. Probablemente, de sus fogones se cocine el mejor pescado que se come en Benidorm. En su terraza, bajo una sombra milagrosa. Con la playa y la isla de Benidorm frente a nosotros. Unas palmeras nos abanican la escasa brisa del mediodía. Sobre la mesa, unas gambas hervidas. Poco hechas. Licinio García, propietario y jefe de cocina de su restaurante, nos comenta su secreto. Cómo las cocina poco para que salgan tan buenas, sin estar crudas. Porque el marisco tiene que saber a mar. Porque tiene que estar sabroso. Un producto vivo, fresco como este hay que saberlo cocinar. No sólo con cariño. También con la sabiduría adquirida por la experiencia de años junto a sus ollas. El plato de los sepionets parece un cuadro. Afortunadamente no lo es. Están buenísimos. El mero a la espalda … ¡qué os digo, amigos!. No recuerdo un mero como este en mis visitas gastronómicas. Impresionante. Todo, regado con Marina Alta, vino conocido y premiado, que acaricia nuestro estómago con su sabor. De postre, sorbete de limón y tarta de chocolate, con un orujo de hierbas.







Playa. Isla. Ermita. Mirador. La luz del Mediterráneo. Las gaviotas. El mar. Y los fogones de Licinio. Este mediodía, regalo a la vista, a los oídos, … al paladar.



2 comentarios:

Julio dijo...

Pascual, la ultima vez que subí al Tossal de la Cala todavia no estaba urbanizado y en sus laderas abundaban los trozos de cerámica iberica. Ahora, gracias a tu recordatorio, volveré a subir, saludaré a la Virgen y volveré a ver Benidorm bajo una perspectiva inusual.
Y luego me acercaré por el restaurante de mi amigo Licinio para que me prepare un plato de chipirones como los que te comistes con Javier. Que buen aspecto y que presentación.
Sigue recreandonos los sentidos con tus escritos y tus fotos.-Julio

paskki dijo...

Gracias por tu comentario, Julio. A tí y a mí que nos gustan los restos del pasado de las civilizaciones allí donde vivimos, da rabia pensar lo que destruye la ambición del ladrillo. Cuando está demostrado que con sentido común pueden convivir unos con otros.

Pero lo que nos queda hay que disfrutarlo con intensidad. Este rincón de la ermita de la Virgen del Mar, el mirador, las vistas que se pueden disfrutar desde allí arriba y ... el sabor de la buena cocina de Licinio. Un abrazo.

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