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domingo, 8 de diciembre de 2019

déjense de tonterías



El pasado 3 de diciembre vivimos un espectáculo desagradable en el Congreso de los Diputados en el inicio de la XIV Legislatura durante el juramento o la promesa de acatamiento a la Constitución española como norma fundamental del Estado. No es excusa que haya sido la primera vez que se inicia la nueva legislatura con 16 partidos políticos, con algunos de sus miembros sin experiencia parlamentaria. No se cumplió el orden establecido heredado de otras legislaturas, con excepción de la última, aunque fue más grave y generalizado que esa entre los partidos de las minorías. Todo se produjo por la falta de seriedad de algunos diputados, así como de la falta del respecto debido a la Constitución española y a las instituciones del Estado.

En España disfrutamos de una democracia joven que merece más veneración. No podemos, ni debemos, mostrar al mundo lo que no somos, una democracia de pandereta donde cada uno hace lo que le venga en gana, aunque haya alguien que siempre le ría las gracias.

Este espectáculo produce entre demócratas mucha rabia y una gran tristeza. Vemos hasta dónde hemos llegado; hasta donde el Gobierno en funciones consiente, dando - otra vez - una imagen de debilidad; hasta dónde Meritxell Batet (PSOE), Presidenta del Congreso de los Diputados, le parece bien y lo ampara. No vale decir que con Ana Pastor (PP) pasaba lo mismo porque, además, no es cierto.

Han sido vergonzosas las actuaciones que vimos ayer por parte de algunos políticos, nacionalistas o independentistas la mayoría de ellos, en el "templo" de la soberanía popular. Si no respetan las instituciones del Estado y no quieren ser representantes del pueblo español, nadie les obliga, que renuncien a su acta de diputado y ya vendrán otros con más respeto a las instituciones.

Es lamentable que unos pocos hayan convertido el hemiciclo en un circo. Permitan que les diga la definición de circo: “el edificio ó recinto cubierto por una carpa, con gradería para los espectadores, que tiene en medio una ó varias pistas donde actúan malabaristas, payasos, equilibristas, magos, …”. No me hace ninguna gracia que el Congreso de los Diputados se convierta en esto, con todos mis respetos a los que, de verdad, se dedican a la profesión circense.

¿Cómo es posible que Batet consienta que se prometa el acatamiento a la constitución en defensa de los presos políticos en España?, cuando no los hay en este país, porque disfrutamos de una de las democracias más avanzadas del mundo donde - por supuesto - se respetan los derechos humanos; ¿en qué cabeza cabe tal disparate sino es en mentes presuntamente torcilleras?; ¿cómo se consiente que se jure la Constitución por la república catalana cuando España tiene la Monarquía Parlamentaria como forma de gobierno?; ¿cómo se consiente que se prometa sobre el respeto del mandato del 1 de octubre, día del referendum ilegal en Cataluña?; ¿cómo se permite que se jure ó prometa por imperativo legal hasta tener una Navarra soberana y una Euskal Herría Libre?; ¿cómo se deja prometer para exigir el equilibrio territorial y evitar una España vaciada y, en cambio, desarrollada?; ... No son formas de hacerlo, ni son respetuosos con quienes lo hacen correctamente según la costumbre y la tradición democrática en España de las legislaturas anteriores.

Está en duda si con esta manera de actuar adquirieren la condición de parlamentarios, ó no, aunque Batet lo dió por bueno. El Tribunal Constitucional español tiene la última palabra, ya veremos en qué queda todo esto.

A su vez, es necesario cambiar el Reglamento del Congreso de los Diputados y del Senado, ó la norma correspondiente que lo detalle, donde regular un modelo de promesa ó de jura de acatamiento a la Constitución para todos igual. Y dejarse de tonterías, escándalos y falta de respeto a las instituciones del Estado y a la Constitución española. Que así sea.



Este artículo fue publicado con anterioridad en mi columna de opinión del periódico The Journalist, el 4 de diciembre de 2019.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

El rey Juan Carlos I de España, protagonista



El rey Juan Carlos I de España, protagonista de la historia de España. Un protagonismo que los españoles estaremos siempre profundamente agradecidos. Pasar de la dictadura a la democracia sin derramamiento de sangre (salvo los actos de terrorismo por una u otra ideología), en un acto social trascendental de cambio de régimen. De la ley, a la ley, a través de la ley. Sin revanchismo con el pasado, mirando al presente y al futuro con entusiasmo.


Estos días celebramos en España 40 años de la Constitución española de 1978 aprobada en referendum por el pueblo español el 6 de diciembre de ese año. Es grato tirar de hemeroteca y ver el entusiasmo con que el pueblo español acudió a las urnas en libertad para votar una Constitución que ha marcado los últimos cuarenta años y seguro que marcará los años venideros. Es también aconsejable leer el Diario de Sesiones cuando el rey Juan Carlos I sancionó la Constitución ante las Cortes españolas el 27 de diciembre de 1978.


En un acto solemne como aquel se contenía la emoción, no por el miedo, sino por la ilusión. Las miradas de júbilo se centraban en una persona, el rey Juan Carlos I. No cabía dentro de sí por su alegría, aunque hubiera cedido sus poderes absolutos para que “la soberanía nacional resida en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado” que manifiesta el artículo 1 de esta Constitución en su punto número dos.



Ante un silencio sepulcral, Antonio Hernández Gil, Presidente de las Cortes, empezó diciendo en su discurso previo a la Sanción de la Constitución por el Rey Juan Carlos:  “Vais a proceder, Majestad, a la firma de un importante documento político y legislativo. La crónica del acontecimiento irrumpe convertida ya en historia. El momento es emocionante y solemne desde sus preliminares. La emoción supera, incluso, a la solemnidad. … Nos reúne un deseo vivamente compartido. Su Majestad el Rey y las Cortes han querido que la Constitución, elaborada toda ella en el Parlamento, obtenga de él, en este emiciclo, la sanción que la erige en norma de conducta. Hay una recíproca voluntad de encuentro. La Monarquía, que no dudó en promover el tránsito del pueblo hacia la democracia, recibe de ella esta proclamación legitimadora; y, correlativamente, la democracia en cuanto ha dado lugar a un Estado de Derecho, recibe, a través de él, la configuración política de la Monarquía parlamentaria”.

La firma de la Constitución de 1978 por el Rey Juan Carlos fue acompañada por una fuerte ovación con los “aplausos respetuosos y prolongados de la gran mayoría de los Diputados y Senadores puestos en pie, como así mismo las personalidades y público que ocupaban las tribunas”, en expresión del Diario de Sesiones de las Cortes. 


Cuando cesaron los aplausos, el Rey inició su discurso diciendo que “... como expresión de los momentos históricos que estamos viviendo, y cuando acabo de sancionar, como Rey de España, la Constitución aprobada por las Cortes y ratificada por el pueblo español, quiero que mis palabras, breves y sencillas, sean ante todo de agradecimiento hacia los miembros y Grupos de estas Cámaras que han elaborado la norma fundamental por la que ha de regirse nuestra convivencia democrática”, añadiendo más adelante que “con la Constitución se recoge la aspiración de la Corona, de que la voluntad de nuestro pueblo quedara rotundamente expresada. Y, en consecuencia, al ser una Constitución de todos y para todos, es también la Constitución del Rey de todos los españoles”.


El Rey continuó diciendo que “Si yo en el mismo instante de ser proclamado Rey, señalé mi propósito de considerarme el primero de los españoles a la hora de lograr un futuro basado en una efectiva concordia nacional, hoy no puedo dejar de hacer patente mi satisfacción al comprobar cómo todos han sabido armonizar sus respectivos proyectos para que se hiciera posible el entendimiento básico entre los diferentes sectores políticos del país·.


Resaltando que “Pienso que este hecho constituye el mejor aval para que España inicie un nuevo periodo de grandeza”.

El Rey continuó con su discurso diciendo que “El día de mi proclamación tuve la ocasión de decir que el Rey es el primer español obligado a cumplir con su deber. Por esto, repito ahora que todo mi tiempo y todas las acciones de mi voluntad estarían dirigidas a ese honroso deber, que es el servicio de mi Patria”.


El discurso del Rey “fue larga y clamorosamente aplaudido por la gran mayoría de los presentes, puestos en pie”, según se recoge en el Diario de Sesiones de las Cortes de ese día.

Un gran acontecimiento que, con el 6 de diciembre, es justo de recordar y de mostrar estas fechas a las generaciones venideras, para que vean cómo se llegó con generosidad de todos a un amplio consenso entre personas de diferente ideología enfrentados dialecticamente en sus convicciones pero unidos por el sentido común y la altura de miras para, juntos, emprender el camino de la democracia española. Entre ellos, Adolfo Suárez, Felipe González, Santiago Carrillo, Manuel Fraga, Miquel Roca, ... Una generación  de estadistas sin parangón en la historia de España.






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