domingo, 9 de diciembre de 2012

bendita locura

Al entrar, le miré. Me sonrió. Por la ventana del bar entraba un haz de luz amarillento de los rayos de un sol de otoño. Cerca, sentado, Pepet, mordiendo en el aire el polvo suspendido en la luz. Una escena curiosa de la que se burlaban algunos parroquianos amarrados a la barra, emborrachando las penurias de la vida con chatos de vino de garrafa. 

Pepet me miró, nos miramos, sobraron las palabras. Me acerqué a su lado. Arrastré una silla y me abarloé junto a la suya. Contemplamos en silencio desde la ventana cómo las olas acariciaban la orilla, cómo el mar mostraba su mejor color turquesa de la mañana. 

Una voz ronca rompió el silencio, pero más que una bofetada al sosiego fue una bienvenida a la conversación que iniciábamos en ese momento.

"Dicen que estoy loco - empezó a hablar Pepet, aunque más que hablar era más un susurro, escapándose entre sus labios el sonido de la brisa de tantas bahías navegadas -, dicen que estoy loco porque me como el polvo suspendido en el rayo de luz. Benita locura esta de un hombre pacífico que ha trabajado como un burro para dar bienestar a mi familia, aprovechando las oportunidades que me ha dado la vida. Tonto hubiera sido de no haberlo hecho, tontos ellos de no darse cuenta. Míralos, amarrados a puerto toda su vida, siempre con un chato de vino como bandera y multitud de sueños sin cumplir en sus palabras. La nostalgia de lo que pudieron tener y dejaron escapar. Me llaman loco. Bendita locura de un hombre que ha recorrido los mares del mundo a bordo del Guayas, que ha conocido mil riberas, que ha compartido millones de sensaciones con hombres y mujeres de otras latitudes. Bendita locura de quien ha sobrevivido a multitud de tempestades en el mar y en tierra, que también las hay. Bendita locura de quien nunca ha hecho daño a nadie, que se enamoró joven de mi Matilde. No se si es bella por fuera, pero por dentro es la más bella de las criaturas, que ha criado a siete hijos como la mejor de las madres, que premiaba mi vuelta a casa con una sonrisa y un fuerte abrazo, después de navegar por los océanos del mundo, y me complacía de tantas cosas sin pedírselas por lo que volver a embarcarme era muy difícil. Bendita locura de un hombre que disfruta mirando por la ventana el paso del tiempo recordando las hazañas de sus compañeros y las suyas en la cubierta de un velero de altos mástiles. Bendita locura de un marino que ha conseguido aferrarse a la vida cuando las olas barrían la cubierta del barco de lado a lado, cuando la proa se hundía en el mar  mientras la popa se inclinaba para dejar ver murallas de enormes olas a punto de romper contra el casco. Bendita locura de un hombre humilde, aquí sentado riéndome de mí mismo mientras otros se burlan de uno. Esos otros que no han salido del barrio que les vio nacer ni siquiera para casarse. Bendita locura de quien los aprecia porque siguen soñando en silencio, aunque sigan imaginando una vida que pudo ser y ya nunca será porque la falta de ambición les tiene encallados en esta playa para toda su vida. Bendita locura la de un hombre que tiene amigos como tú que me comprenden y que compartimos tantos amaneceres junto al mar. Bendita locura ... ". 

Pepet calla mientras una lágrima le recorre despacio su mejilla. La incomprensión ajena, incluso la envidia, hacia un hombre bueno que no quiere más que terminar sus días rodeado de los suyos y sentir cómo se despiden sus pasiones mientras declinan sus días. Pero sigue siendo la mar quien lo acompaña, siguen siendo sus susurros, la caricia de su brisa, las embestidas de las olas, lo que le mantienen vivo. Y ahora sí, siempre con su Matilde cerca y su gran tripulación, la de sus hijos y sus niet@s recorriendo los mares de su imaginación y viviendo su nostalgia en estas calles y plazas de un pueblo marinero en un barrio de pescadores. 

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