sábado, 16 de febrero de 2008

la torre de les caletes

Desde el Rincón de Loix subimos con el coche hacia la Sierra Helada, hasta una cadena que nos cierra el camino asfaltado. Lo que era una carretera, ahora es un sendero en donde está prohibido el tráfico a motor. Para que luego no se diga que Benidorm ofrece sólo sol y playas.


Estamos en la falda de la Sierra Helada. Por nuestra derecha, el mar y una tranquila cala, la del Tío Chimo. Por nuestra izquierda, la Sierra. Están las rocas mojadas en este día tan soleado. No ha llovido. Esta mañana, temprano, la bruma ocultaba a la ciudad desde la bahía. Y desde la autopista. Ha ocurrido durante toda la mañana. Estamos a medio día, alrededor de las 14 horas. Y las rocas siguen húmedas y hay huellas de hilillos de agua que han salido de las entrañas de la montaña buscando la pendiente en dirección al mar. Por algo dicen los mayores del lugar que con luna llena esta Sierra brilla como un diamante.

Un sendero asfaltado. Una antigua carretera. Una montaña rusa. Pero no estamos en la feria. Estamos en Sierra Helada, entre Alfaz del Pí y Benidorm. Pisamos tierra firme. Empinadas cuestas. Bellos paisajes. Javier Fiol y Paskki se disponen a hacer el recorrido en la hora y media de la comida. Con una magdalena va Paskki a caminar. Claro que esa magdalena es extraordinaria, casi un bizcocho. Lo he comprado en un colmado de la calle General Lacy en Alicante y son de La Inmaculada, una fábrica de magdalenas que hay en Elda. Buenísimas.





Dicharacheros, iniciamos la marcha. Hace sol pero no quema. En esta mañana de enero. Una ligera brisa. La temperatura es agradable.

El sendero se acompaña de bancos para descansar. Bancos de madera desde los que poder abandonar la mente a su suerte. Pensar. Dejar correr las preocupaciones. Sentado en esos bancos, el mar. Sentado, la isla de Benidorm. Sentados, las gaviotas intimidan a los senderistas, marcando su territorio. Junto a los bancos, un pino, un algarrobo, una enorme higuera. Desde esta, desde sus raíces, una liebre asoma su cabeza. Curiosea. Sale de su madriguera. Nos mira. Se marcha veloz. Cruza el camino y desaparece entre los arbustos del monte bajo.

Entre curvas. Detrás de los quita miedos para los conductores que antes circulaban con sus vehículos por este camino. En lo alto de un peñasco. La torre de les caletes ó torre Punta del Carvall. Deteriorada. El paso del tiempo le ha dejado huella. Mal conservada. Ahora, para llegar a sus pies, han hecho un sendero con vallas de madera.

Torre defensiva del siglo XVI. Es una torre troncocónica. Su base mide unos ocho metros de diámetro. La fábrica es de mampostería irregular enfoscada con mortero de cal. Hoy sólo se conserva la base hasta la altura aproximada de siete metros. Es maciza, sobre la que se encontraba el lugar destinado a los vigilantes. Toda la costa tiene estas construcciones vigías, vigilantes para dar la alarma ante un ataque pirata desde el mar.

la torre de les caletes



base de la torre y la isla de Benidorm al fondo

bancos de descanso




A sus pies, el acantilado. Las olas lo acarician con su espuma los días tranquilos como hoy. Desde aquí, la peña de Sierra Helada, orgullosa frente al mar. Desde este balcón, las aguas transparentes. Desde esta atalaya, expectantes miradas. Unos barquitos de pesca rondan la illa mitjana. Pescan al curricán. Gaviotas, otra vez. Confiadas, se rascan. Tranquilas, se peinan. Relajadas miran su entorno. De vez en cuando, saltan en busca de alimento, peces en superficie fáciles de cazar con su pico.

acantilado

mi amigo Javier Fiol


Paskki


la peña de Sierra Helada


Illa Mitjana


pescan al currican

gaviota







Regresamos. Nos cruzamos con franceses y alemanes. Hacen senderismo, como nosotros.


La isla de Benidorm, flotando en el mar que la cobija. La bahía, el hotel bali, entre la bruma. El ambiente, la falta de visibilidad, invitan a la reflexión. A limpiar la mente de impurezas. A pensar en cosas agradables. A mirar el futuro con mejores sensaciones.

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