domingo, 29 de abril de 2018

Años y leguas





Años y leguas, sí. Uso este título por un momento y por una buena causa, ya verán. Aunque a muchos les vendrá en seguida a la memoria un libro con este título de ese escritor alicantino tan olvidado: Gabriel Miró. Recordarle es recordar su figura, sus escritos, su vida. Recordarle es acordarse de aquella Orihuela de sus estudios en los Jesuitas durante su infancia, sus soledades desde el campanario de Santo Domingo, sus paseos a la vera del río Segura,... En esta localidad le dieron su primer premio literario por una redacción escolar titulada “Un día de campo”.

Gabriel Miró, de regreso a Alicante por un problema de salud y sobre todo llamado por el rumor del mar, el clamor de las gaviotas, el corretear y jugar con sus amigos de aquí, dejó atrás cierta timidez y la inocencia de la infancia.

Gabriel Miró se refugiaba en sus escritos. Nunca el papel quedaba en blanco. Nunca la imaginación le dejó sin ideas. Era ponerse a escribir y el papel se llenaba de palabras que contaban muchas cosas. A veces pequeños detalles. Otras veces grandes motivos. Muchas, escenas de la vida cotidiana que le pasaban por delante o imaginaba que pasaban.

Se codeo con otros artistas alicantinos de otras disciplinas. Emilio Varela, cargado siempre con sus pinturas, cuartillas o lienzos en blanco que colorear con su arte. Oscar Esplá con sus partituras, tarareando sus nuevas composiciones. Germán Bernacer con sus teorías económicas, propuestas por doquier que abrumaban a todos.

Muchas primaveras, cuando el sol ya empezaba a apretar - Esplá, Varela, Bernacer y Miró - buscaban lugares frescos donde conversar durante sus tertulias. Muchas largas y profundas. Otras divertidas y lisonjeras. En una de esas, les hablaron de un pueblo y de un valle por donde corre un riachuelo que todos comparten nombre: Guadalest.

Y allí fueron un día, cada uno imaginando lo que podrían encontrarse. Ese valle les enamoró, cada uno a su manera. Y lo plasmaron en sus obras. Este descubrimiento lo convirtieron sin saberlo en parte de la aventura de su vida y en la de muchos otros que siguieron sus pasos.

Uno de sus discípulos de tertulia, mis abuelos. Después lo fueron de ellos mis padres quienes nos inculcaron a sus hijos el amor por este valle. Y así fue como hemos recorrido sus caminos y sus sendas, sus collados y sus veredas, sus montes y sus picos, los pueblecitos, las fuentes de sus manantiales, su embalse y, por supuesto, sus fogones. Hay que alimentar al alma, pero también al cuerpo.

Hace unas semanas, un lunes de Pascua, mi madre nos invitó a recorrer este valle. Y allí fuimos. No a lomos de burro o sentados en tartana como antaño sino en un vehículo a motor. Aún quedaban árboles, almendros y cerezos, que no dejaban mudar la flor de sus ramas. Y recorrimos sus caminos hoy asfaltados y los nuestros de la memoria llenos de recuerdos.

Polop, Guadalest, Benimantell, Beniardá, el embalse del mismo nombre que el valle,  ... Y comimos en el restaurante Tresteñador uno de los mejores arroces al horno de la provincia. El premio a un gran día en familia.

Gabriel Miró escribió “Años y leguas” influenciado por sus estancias en Polop y por recorrer este valle de Guadalest a los pies de la sierra Aitana.

Mi madre no quería ni quiere que pasen años y leguas sin volver a esta querida tierra. Y nosotros tampoco, por eso el título de este artículo que me ha hecho recordar, a su vez, al escritor alicantino Gabriel Miró que tan bién describió los lugares de este valle.



Este artículo ha sido escrito con anterioridad en mi columna de opinión del periódico Alicante Press

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