mi curiosidad, el organista de la Catedral del Salvador y de Santa María en Orihuela (Alicante) y una cantata de Bach

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Caminamos por una calle oriolana. Por la misma por la que anduvieron otros antes y lo harán otros después. Porque es la Mayor, así llamada porque lo fue, porque por ella ha caminado y caminará toda la historia de esta ciudad.

Unos niños jugando, un sacerdote con sotana, unas mujeres haciendo corro con sus cotilleos, otra cantando los números de la Once y llamando la atención para vender sus cupones, unos hombres trajeados hablando de Rajoy y de Rubalcaba, … La ciudad vive, se mueve, respira, trabaja, mientras unos niños corretean alrededor de todo, sin prisas, entre risas, carreras y gritos de satisfacción porque la vida pasa ante ellos como un juego. Unas chicas hablan de sus primeros amores balanceando una cadena de grandes eslabones, tan grandes como sus ilusiones amorosas.

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Caminamos junto a casas blasonadas, grandes ventanales, bellas puertas adornadas con arcos y dinteles de piedra que las visten y las ennoblecen. Cerca, un campanario que canta las horas. Y entre el rumor de un viento fresco de otoño y el eco de nuestros pasos, una música de órgano. Nos llama la atención, nos envuelve. No sabemos de donde sale, por qué ventana se escapa, para atraernos. Pedimos a los niños que guarden silencio, que callen por un momento, difícil tarea cuando están tan excitados como ahora. Pero esta música también les llama la atención, les amansa.

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Una puerta abierta. Es la de la Iglesia Catedral del Salvador y de Santa María, en Orihuela (Alicante). Entramos. En la penumbra de la nave, la música del órgano que oíamos en la calle nos da la bienvenida, nos acoge, nos invita a sentarnos en silencio en un banco. Y lo hacemos. Nos recogemos en nuestros pensamientos. Los niños también, para nuestra sorpresa. Y esta música nos ayuda a rezar. Hay tanto por qué hacerlo … Por tantos que lo necesitan todo, por muchos que sin necesitarlo bien les vendría cierta cura de humildad, por aquellos que buscan trabajo sin encontrarlo ó por los sin techo ó los que pasan hambre ó los que necesitan consuelo, por los enfermos que viven con la esperanza de curarse, … Me sobresalta un susurro. “Papá, he rezado un padre nuestro por Ató, para que se ponga bien”, me dice mi hijo. Bien vale este sobresalto si es por acordarnos de los nuestros, entre ellos Ató, mi padre. Y por acordarnos también de las personas con las que convivimos más a menudo, con las que aprendemos todos los días muchas cosas, con las que compartimos nuestras inquietudes y los sobresaltos de la vida. Con esta música de Bach, la Cantata BWV nº 147, me emociono por un instante, junto con los pensamientos que recorren veloz por mi memoria.

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Los niños se impacientan, ya han estado demasiado tiempo tranquilos. Necesitan salir a la calle y lo hacen con cierto alboroto, alterando rezos y recogimientos. Rezagado, a solas, me dispongo a salir tras ellos y con el resto de amigos y familiares. En la oscuridad del templo, abro una puerta creyendo que es la que da la calle. Pero lo que encuentro es otra puerta, con una luz discreta, amarillenta, que ilumina unos grandes peldaños de una escalera de caracol. Mi curiosidad es superior a mi prudencia y subo los escalones. Del techo cuelga una cuerda anudada para cogerme en caso de perder el equilibrio porque estos escalones no están hechos para pies grandes como los míos. Subo con cuidado.

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La música del órgano la escucho más fuerte, más intensa, más acogedora. Al terminar la escalera entro en una sala de suelo de madera que cruje. Es su manera de darme la bienvenida. Una barandilla, abajo el altar y los bancos. A mi izquierda, los tubos del órgano. ¡Que sorpresa!. Escucho con placer, tengo la sensación de flotar. La música calla. Me asomo y el organista ha dejado de tocar. Nos saludamos. Santiago Casanova, que así se llama quien hasta hace un rato tocaba el órgano, se sorprende de verme aquí arriba. Concilio su sorpresa hablando de esos sus dedos que acarician las teclas del órgano con cariño para cantar bellas partituras  de Bach, de Haendel, ... De la cantata de Bach que estaba tocando. De la emoción que me produce escuchar esa partitura. Unos minutos de sosiego, donde nuestras palabras aún bailan esos compases barrocos.

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Al salir a la calle todavía estoy envuelto con este momento especial recordando la música que el maestro Casanova ha tocado en este órgano del siglo XVIII (1733). Si no fuese por las fotos que he hecho no hubiesen creído mis familiares y amigos el resultado de mi curiosidad con mi visita al organista de la Catedral de Orihuela.

Para más información sobre lo que aquí he contado, visita:

http://www.orihuela.es/municipio/monumentos/

www.santiagocasanova.com

Cantata BWV 147 de J.S. Bach:

http://www.youtube.com/watch?v=FwWL8Y-qsJg

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